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miércoles, diciembre 23, 2009

MI HISTORIA RESUMIDA EN HACIENDO RADIO, A PROPÓSITO DEL REENCUENTRO CON MI EX COLEGA JESÚS DÍAZ LOYOLA

Loyola, me da mucho gusto cada vez que me encuentro con gente que me remonta al pasado, aquel pasado profesional que sigo amando – por considerarlo la escuela que nos tocó – y como muchos otros reaparecidos me llegas distinto. Ya no eres aquel corresponsal de Matanzas por el que yo preguntaba cuando no aparecía. Esa lejanía que dices que me ha curtido, también me ha hecho reinterpretar los hechos de aquellos agitados días de “correcta” producción informativa… Y mientras te recriminábamos a veces por no aparecer en las trasmisiones hablando del quehacer de tu región, estabas preocupado de cosas más importantes que del periodismo “aprobado” y eso me hace darte mucho más valor del que en su momento pudimos reconocerte. Ya hacer periodismo oficial era difícil, hacerlo desde las regiones era aún peor, y si el profesional de regiones ya venía cuestionándose las formas, los silencios y las lealtades mal entendidas TRABAJAR CON LA RESPONSABILIDAD QUE TENÍAMOS ANTE NUESTROS OYENTES (que siempre fue distinto de trabajar con la responsabilidad adicional que teníamos ante nuestros funcionarios) de era prácticamente una odisea. Por eso siempre me gustó mientras dirigí o conduje Haciendo Radio premiar con mis cariños o mi verbo, o mis presentaciones – a veces medio sensacionalistas – a los corresponsales de provincia. Esos profesionales víctimas del fatalismo geográfico y de sus partidos regionales – entre los que siempre te he contado, a pesar de que en algún momento hasta pude calificarte de “casos”- eran excelentes periodistas que aceptaron la técnica de la prensa militante porque era la única posible.

Participé en muchos encuentros de corresponsales. Todos los que se hicieron entre 1995 y el año 2000. Por ahí he rescatado de una hoja reciclada en la redacción de Radio Rebelde un manuscrito con el que inauguré en Santiago de Cuba el encuentro de corresponsales del año 1997. Lo escribí durante en el viaje en tren que duró 17 horas. Fue dedicado a todos ustedes, a los periodistas de regiones que luchaban por posicionarse en la transmisión nacional, y uno a uno los fui mencionando (prometo digitar esa crónica en algún momento para que la puedan leer) agradeciendo sus urgencias y reconociendo sus frustraciones y algunas técnicas con las que algunos amigos de algunas regiones – SABRÁS CUALES – intentaban manipularme para que les sacáramos en horarios de gran audiencia sus tediosas entrevistas con los Secretarios del Partido Provincial. Haciendo Radio fue una escuela, amigo Loyola, por eso yo añoro y disfruto recordar esos tiempos. Por eso escribí desde la pasión la nota de nuestros colegas y/o amigos muertos. No es nada, al lado de las muchas cosas que me gustaría escribir. Yo creo que una de las tareas pendientes es desenmascarar esa Militancia de Radio Rebelde. Las Militancias no la hacen las empresas o las instituciones. La hacen sus gentes. Y nosotros bien sabemos de las gentes que desde dentro cumplimos nuestro trabajo, sacrificando principios, ideas, sueños, verdades. Quizás tus dos manos sirvan para escribir la historia de la comunicación matutina de todo un país que, durante años, se limitó a los informativos radiofónicos y, sobre todo, a la voz de Haciendo Radio.

Haciendo Radio lo descubrí con 12 años en un surco de papas, en el receptor Juvenil 80 de mi profesora de literatura. Lo primero que escuché fue el itinerario de los ómnibus nacionales de Cuba, información que día a día agenciaba mi siempre inolvidable Celia Guido Buendía, la mexicana (creo que reconocí en su carácter el tremendo viejo gruñón en el que yo tb iba a convertirme, y quizás por eso le tuve un cariño especial). ¿Cómo algo tan simple y básico como un itinerario de escasos buses me iba a producir una sensación tan especial? Nunca he podido olvidar que mientras escuchaba aquello, tirado en la tierra, me imaginaba las carreteras de todo el país, soñaba con las ciudades que se decían… y pensé que Cuba era más que aquel pueblo pobre y en ruinas donde mis padres me engendraron. Una década y algo después cuando le ponía toda la pasión del mundo para describir losw recorridos, atrasos y suspensiones de los viajes. Me acordaba y me imaginaba en aquel surco de papas escuchando a Gladys o a Ibarra. Y le ponía más pasión quizás porque me imagina que le estaba los sueños y los apetitos a otros adolescentes en campos de tacabo, papas o cañas que podrían estar escuchándome como lo hice yo antes.

Después de aquella experiencia seguí el programa desde el radio VEF de mi abuelo muerto. Las partes que podía escuchar antes de irme a la secundaria. Cuando llegué a la Universidad era un programa infaltable – tb porque comenzamos a conocer rostros de nuestros compañeros de estudios que se integraban a las transmisiones, como Roberto Cavada. De ver su entusiasmo, llegué un día a conversar con Magaly García Moré. Agradezco a Cavada; gracias a él llegué al programa. Y también a mi amigo Guillermo Morales Catá por haber desafiado la censura y en pleno año 1993 describir un video donde se hablaba de los asesinatos de los sovièticos, o algo parecido. Echaron a Guillermo y el puesto que habían ocupado grandes del periodismo de los 80, como Alberto d´Pérez estaba desierto.

Me integré siendo estudiante a la Sala Internacional del Satélite. Magaly, (quién ha escrito hace unos meses unas emocionantes notas acerca de mí y de las ganas que me descubrió por hacer algo más allá de lo esperable. Tengo pendiente agradecerle tan importante palabras por la boca de quien viene) maestra siempre, me lo advirtió: no es un juego, es una responsabilidad que no imaginas. Pero acepte. Confundido las mayores de las veces, recurría a Eduardo Dimas – recordado siempre por el apoyo que dio cuando me escuchó al aire. Antes, me confesó – me vio con mi cara de provinciano asustado -que pensó que yo sería un fracasó. Y terminó estrechando mi mano, muy fuerte. Marina Menéndez me llevó a descifrar otras incógnitas de la NO Política Editorial que teníamos. Era un Adivinanza diaria saber qué decir y cómo decir del mundo político sin que antes nos hubieran dado lineamientos y señales de lo que pensábamos del mundo. Siempre le reconocí a Dimas y a Marina esa inteligencia y oficio para decir más de lo permitido sin que los censores se dieran cuenta. Eran mis tiempos de estudiantes, y como descubrí que la universidad bien poco nos decía del mercado laboral, decidí que mis mejores clases serían en un estudio de radio, con aquellos que no eran los profesores titulares, pero que fueron los que me enseñaron.

Recuerdo que esos difíciles años para hablar por la radio también fueron difíciles años de convivencia familiar, de disentimientos ideológicos entre padres e hijos… Nunca olvidaré la imagen de Eduardo Dimas, un hombre infaltable en el análisis de la política exterior cubana con los países latinoamericanos y con el mundo todo, cuando nos comentaba la decisión de su hija Mirtica – con quien compartí generación en las aulas de la Facultad de Periodismo – de quedarse en España. Al interior de Haciendo Radio aprendí que habían lealtades endebles y otras que duran para toda la vida. Y que el amor está por encima de cualquier quimera.

Por eso, en los años que me tocó ser profesor de la Universidad pasé muchas de las clases de pizarrón a clases de micrófono. Algunos de mis ex alumnos que he encontrado en Facebook recordarán aquellas madrugadas en las que hacíamos los programas y los noticieros que nunca se iban a trasmitir. Lo sabíamos, pero queríamos hacer los noticieros como pensábamos que debían ser. Y queríamos aprender de nuestra vida profesional desde dentro.

Por suerte del destino, el primero de enero de 1996 – aniversario de la Revolución Cubana – como muchos otros día se quedó roto en el camino el auto que recogía a los conductores Ana Margarita Gil, otra grande, y Félix Fernando Garrido, que si no fue mejor en la conducción del programa, teniéndolo todo para serlo, fue porque se equivocó en esos límites de las responsabilidades a las que antes me refería; fue más responsable con los funcionarios que con los oyentes y, eso, a la larga hasta a los propios funcionarios les llega a molestar. Por entonces yo era el director de emisión y el único al que me arriesgaría a poner en la conducción era a Roberto Canela, pero como mismo en otra crónica alabé su capacidad y su credibilidad, él mismo decía que no era buen conductor sino locutor. Me senté al micrófono y cómo ha pasado en muchas casos ante la ausencia del protagonista las miradas se dirigen al “sustituto”.

Así comenzaron mis tiempos de conductor de Haciendo Radio. Pero también hay alguien a quien la vida quizás no ha premiado como él ha premiado a tantos otros en la vida: Antonio Moltó. Creyó en mí desde el primer día. Cuando llegué con mi título en la mano y no tenía nada más interesante que hacer que cubrir las “noticias” de comercio y gastronomía en un país donde no había comida y ropa, Moltó me dio tiempo, tiempo para pensar, para investigar, para soñar… Me estaba probando. Nunca me lo dijo, pero yo lo sé. Y creo no haberlo defraudado. Mientras a los reporteros se les exigían cantidades semanales de “cajitas” (reportes informativos que iban en cintas magnetofónicas dentro de una cajita), Antonio me liberó de esa pesadilla. Era imposible con el sector que me había tocado hablar de comercio y gastronomía todos los días. Tres semanas demoré en hacer mi primer reporte. Fue un lujo haber tenido el tiempo. Carlos Ruiz de La Tejera aceptó grabarme una versión del Monólogo de la Croqueta para usarlo como hilo conductor en una “trilogía gastronómica” que lancé en Haciendo Radio. Humberto Borduy – el director por esos días – me premió con un bono de dinero (por desgracia no fue en dólares). Ese inicio y mis paso por la radio se lo debo a Moltó y a aquel inolvidable consejo: “no repitas nada de lo que escuches, no hay paradigmas para seguir”.

Mario Robaina, el funcionario de Partido designado para dirigir Radio Rebelde también confió en mí. Dicen que hoy está en Miami decepcionado del sistema – no me consta, sólo me lo contaron. Cuando me entregó la conducción me hizo dos advertencias: no todos resisten levantarse a las 3 de la madrugada y si aceptas tienen que ser dos años como mínimo.

A poco andar llegó a mi lado una mujer que por primera vez NO era locutora. Tenía un abultado curriculum oficial, años de experiencia, y estaba curtida en las lides editoriales, según las normas del país. Contrario a lo que muchos pensaron Arleen Rodríguez Derivet asumió con humildad venir desde un sillón de directora a uno de conductora, en un medio del que no conocía su lenguaje, Yo en ambio, sentía que mi carrera iba en ascenso y lo único que me quedaba era aprender de ella, como antes lo había hecho de otros. Yo con mis 23 años y ella con sus 40 hicimos durante muco tiempo un programa del que yo me enorgullezco. Quizás cuando se haga la historia de Haciendo Radio ni me mencionen, pero creo que nuestra pareja marcó un hito en el programa. Ambos éramos periodistas, ambos teníamos opinión del entorno, ambos teníamos opiniones distintas del entorno (y eso aunque el periodismo conservador no lo tome mucha en cuenta la dramaturgia lo premia y los oyentes también). Por primera vez la mujer en la conducción de Haciendo Radio dejaba de ser el complemento del hombre conductor. Arleen no era la voz hermosa – aunque sí la tiene – ni la voz técnica, ni la mujer que vendría a reírle a su compañero conductor. Yo tampoco tenia la voz más técnica – de hecho nunca acepté evaluarme – ni era el timbre ni el tono más hemoso – reconozco que gritaba como condenado -, pero había frente al micrófono dos entes pensantes y polémicos. Me gané algunas sanciones de las cuales, aunque ella tal vez ni lo recuerda, fue Arleen quien me salvó. Y ella se ganó muchos llantos por mi culpa. Recuerdo como si fuera hoy el día en que le cerré el micrófono y ella siguió hablancdo. Le señalaba que estábamos en tiempo, que cerrara el argumento… y mi amiga siempre ha sido muy buena para hablar, no me hizo caso. Ella tenia 40 años y un mundo de experiencias, yo tenía 23 y un mundo por aprender, pero por desgracia para ella quien mandaba a cerrar los micrófonos era yo. Quizás por suerte para ella. Una noche del 2004, tomando unas cervezas la destacada actriz cubana Isabel Santos me dijo: “Así que tú eres el famoso Alvarito. Arleen siempre dice que tú fuiste quien la enseñó a hacer radio”. Por ese respeto que siempre nos tuvimos, por las muchas veces que también nos los faltamos, por las horas de trasnoche que compartimos, por los despertares a media que nos emparejaron, por las veces que yo abrí el programa para esperar que ella terminara de maquillarse, o que lo empeza ella mientras yo subía tarde corriendo las escaleras del ICRT, ninguna diferencia en temas políticos o ideológicos ha hecho – y espero que así siga siendo – que yo deje de considerarla una de las grandes suertes que he tenido en mi vida, ser su amigo. Y seguiré siéndolo, al menos yo con ella, aunque Arleen tomase todos los días un avíón Habana-Caracas o hablara horas sin parar en la Mesa Redonda informativa, sin un director que tenga la valentía de mandar a callar.

Para un aniversario de Haciendo Radio invitamos a Alberto D´Pérez a hacer las transmisiones desde la Sala del Satélite como en los tiempos iniciales. No había nadie hacía meses cubriendo esa posición informativa y espero que no lo olvide, pero pensé en Raúl Garcés, un talentoso graduado de periodismo que desde los tiempos de estudiante y aunque no hubiera sido de mi año prometía en un nuestro medio. Raúl deberá recordar que hizo su debut ese día en compañía de Alberto.

Haciendo Radio me dio además la posibilidad de conocer completo a mi país, de punta a cabo. A la menor oportunidad de arrancarse a provincias me inventaba transmisiones fuera de los estudios de La Habana. Aquellos tiempos de límites editoriales nos curtieron en la creatividad. Disfrazamos intensas horas de radio informativa y de omisión con las formas, las iniciativas, las ganas, el verbo, la credibilidad de muchos, el oficio de casi todos y las ganas enormes que teníamos de que la radio, nuestra radio, fuera mejor.

viernes, diciembre 18, 2009

TENGO ENVIDIA


Hoy una amiga me ha escrito un mensaje privado en facebook. Me dice que tiene pena y que me envidia porque me ve alegre en Chile, feliz en las fotos, pasándola bien en fiestas, compartiendo con amigos y viviendo la vida que escogí o me tocó. He pensado todo el día en ese mensaje y, antes de irme a la cama, quería compartir con todos una reflexión, quizás tonta, pero quería confesar que también yo he sentido envidia de ustedes muchas veces. Sanamente.

He tenido envidia por estos días de Paquito y su valentía para confesar militancias, en un sitio donde la suya francamente no es la más representada; y enfermedades, en un país que ha jurado tener vacunas pero donde la mentalidad pareciera ser la menos inmune. Envidio siempre a Ileana y su familia hasta el punto de leer sus artículos aunque las tetas cada día me importen menos y un niño no esté previsto entre mis próxima obligaciones; siento envidia de tener cerca una niña como la de Ileana o las de Mavelyn, Kathia ; un niño como el de Anaís, Odette, Mayor, Paco o Yanitza; siento envidia de ver crecer los hijos de mis amigos e imaginarme que el mío estaría compitiendo en tamaño como lo hacen con ellos, los adolescentes que vi niños de Minoska, Dagmara, Marjorie o Javier. Tengo envidia de Ismael que a pesar de cualquier obstáculo está en el escenario con el que soñamos muchos de los que amamos el micrófono y la cámara… Siento envidia, incluso de los martinis que Odette toma sola en sus ataques de pena y de sus escritos, aun cuando ella los califica de “intrascendentes”. A veces hasta envidio a Fulano y Mengana (conciente de que no habría que envidiar nada si hasta debo evitar sus nombres para no causarles un daño ante quienes revisan, evalúan y borran) porque siguen haciendo lo que les gusta en la ciudad que aman y sueñan con una Habana mejor. Envidio los éxitos de mis amigos en las radios y televisoras de Miami y me admiro con las ganas que también tienen de una Habana distinta. Siento envidia de Osmany, de su amor por las flores y de cómo asume tranquila y desideologizadamente lo que en definitiva no deja de ser nuestra soledad. Siento envidia cuando amigos se juntan en alguna ciudad que no les conoce suficientemente aún para revivir, invocar, recordar y vivir; y más cuando cada uno anuncia visitas y regresos a esos pueblos que no logramos olvidar. Siento ganas de haber escrito los poemas y las crónicas que hacen mis amigos acerca de sus dolores, de sus penas, de sus alegrías, de sus esperanzas,… Siento envidia de Miguelito y de su vida estable y cosmopolita en Buenos Aires, esa ciudad de la que me enamoré. Veo a Adonis, Guillerno, Ibelis, Deglis, Karelia… y envidio andar como ellos por las calles de la Europa con la que todos soñamos. Leo y miro a Bárbara Llamos y me pregunto por qué a mí se me acaban a veces tan rápido las ganas cuando ella anda con su energía en carnavales de derroche.

Que algunos me digan que me envidian, cuando yo juro que mi vida es lo menos envidiable del mundo, o que yo a veces envidie a mis amigos me ha hecho tener la certeza de que no podemos tenerlo todo. A cada uno nos tocó – o escogimos – una vida que tiene de dulce y de agraz. Y por eso me hace muy feliz tenerlos cerca, desde el Facebook. No me da vergüenza confesar que el Facebook se me ha convertido en un espacio infaltable de cada día, y creo que a muchos –incluso, aquellos que se resistían al inicio – les está pasando lo mismo.

Y tal vez sea porque el mundo se nos hace familiar y doméstico; porque las cosas que le van importando a nuestros amigos comienzan también a importarnos, porque a veces nos sorprendemos uno del otro (nunca olvido un comentario de Ileana donde me decía que le sorprendí y seguidamente aclaraba “para bien, claro”) y hasta comenzamos a querernos más, porque hemos descubierto los blogs, las páginas, los enlaces, los videos que hacen nuestros amigos, o que le son habituales. Porque hemos coincidido todos en un mismo lugar donde compartimos los instantes de felicidad que retratamos. Porque nos enviamos besos, abrazos, flores de navidad, guiños, felicitaciones de cumpleaños, buenos deseos para navidades o año nuevo; porque vemos como cada uno se ha ido incorporando a los países que los acogieron y, ya sea en inglés o en español, comenzamos a advertir esos cambios en el lenguaje que van marcando también el inicio de un cambio generacional y socio- cultural dentro de nuestras familias. Porque colgamos los recuerdos y pedazos del pasado que queremos traer de vuelta, porqué más de alguno nos hemos preguntado cómo tanta persistencia para añorar aquellos tiempos que queríamos ahogar de un tirón en el Malecón de La Habana.

Creo sinceramente que ver en mis amigos la felicidad por hechos y proyectos ausentes de mi vida, o que algunos de ellos quisieran vivir mis instantes de alegría y sonrisa complementa mucho más nuestro proyecto de mí. Tal vez es una tontera, pero hace también que las tonteras comenzaron, también, a hacerme feliz.

domingo, octubre 25, 2009

REFLEXIONES DEL COMPAÑERO ÁLVARO: CUANDO LA OMISIÓN NOS ATORMENTA.

Hoy recuerdo a nuestra culta, admirada y martiana profesora Nuria Nuiry (y te lo escribo profe antes de que mueras y después me exijan “respetarte”,… sin lapidar en un momento la admiración que sentimos por usted también nos reímos muchas veces con sus cosas y sus formas, únicas. Y si me toca irme después de usted – sepa – que la voy a escribir tal como aprendí a admirarla. Y no me alga por las noches, eh.); ella nos enseñó la polémica Mañach- Villena … Y sin bien el análisis estuvo dentro de los contenidos de la asignatura Análisis de la Cultura Cubana, desde entonces comencé a preguntarme por qué los estudiantes de periodismo teníamos que conformarnos con lo que parecía ser la única polémica “analizable” del periodismo cubano. ¿Y dónde estaban las polémicas de nuestro periodismo entonces? Supe muy rápido que no existían, no sólo por el modelo militante y monolítico de nuestra prensa, sino por la incapacidad de nosotros mismos para polemizar y debatir. Los periodistas cubanos nos formamos y fuimos formados por otros periodistas cubanos que no poseen ni técnica ni experiencia ni permisos para debatir a través de los medios. Entonces, cuando aparece la oportunidad – ya sea a través de medios tradicionales o “informales – el “chancletismo” y el “barullo” cubano, al mejor estilo de los solares habaneros, inunda los espacios, y se pierde el verdadero sentido de lo que se debate, se pasa a las ofensas personales y a las groserías que tan bien nos salen a los cubanos…

Recuerdo el tema Mañach – Villena porque me da pena ver cómo en nombre de la sobrevivencia de un Sistema (que bien sabemos que no es lo mismo que un país, que una cultura o que un gobierno) hemos matado el periodismo cubano y hemos aceptado que nos mutilen nuestras capacidades y habilidades profesionales. Tenemos que saber que cuando se disiente se hieren sensibilidades.

Hemos sido educados en el repudio, en el desdén a los que opinan distinto, hemos inventado enemigos por el sólo hecho de no compartir criterios, hemos vivido en un eterno mitin de repudio, hemos dormido movilizados contra la opinión, hicimos comunidad con la guardia en alto, nos autoflagelamos evaluando nuestras conductas en políticas reuniones, adquirimos la capacidad de sospecha eterna y de descubrir “las malas intenciones” en la palabra distinta y lo peor… nos quedó gustando omitir y callar; o, por ultimo, lo aceptamos con indiferencia.

viernes, octubre 02, 2009

CRÓNICA A BOLA DE NIEVE


Vendedor de duraznos sentado al piano. Así se llamaba ¿Quién sabe si era una manera de reírse de sí mismo, por temor a que los demás lo hicieran primero…¡Qué bola de negro!

De niño: gordo, amante del sonido de los tambores batá y las rumbas de cajón. De grande: estrella, éxito, triunfo y vida.

Ignacio Jacinto Villa y Fernández. Desde 1933 para los cubanos y para el mundo, simplemente Bola de Nieve, o El Bola. Capricho de una Reina, La Montaner, quien logrando mortificarlo le regaló el sobrenombre con el que recorrió los caminos de la eternidad.

Desde su Guanabacoa natal, con la tradición de la Villa de Pepe Antonio y con la guía de su Mamá Inés, con quien aprendiera quetodo lo negro tomamo cafése hizo de una infancia que le serviría para todo momento. “Soy más niño cuando actúo. Yo soy un hombre triste que siempre está alegre. Cuando actúo siento un torrente de sensaciones, desde lo erótico a lo ingenuo”.

Irónico. Capaz de hacer la guerra con palabras y un piano. Risueño. ¿Quién puede decir que ha olvidado aquellos dientes blancos resaltando en sus rostro?. Humilde: “yo hago cancioncitas” – decía casi convencido. En todo caso aquellas cancioncitas duran toda la vida, porque las suyas fueron para siempre. Las que escribió y las que le robó a otros para ponerla en su voz ronca y para dotarlas de esa autenticidad a donde nadie podrá llegar jamás.

La Flor de la Canela, Drume Negrito, No puedo ser feliz, Ay amor, El Manisero, Messié Julián, Alma Mía, … Todas le pertenecen. La misma Edith Piaf lo dijo. Nadie cantaba La Vie en Rose como él.

Ignacio Villa…. Hombre de elogios arrancados del asombro de los grandes.

Pablo Neruda descubrió que Bola “se casó con la música y vive en ella, en esa intimidad de pianos y cascabeles, tirándose por la cabeza los teclados del cielo” y desde que lo disfrutó la primera vez le deseó salud a su “corazón sonoro”.

“Es universal nuestro cubanísimo Bola”, confirmó el profesor de tantos profesores, el músico Harold Gramategs.

“Bola quedará en la historia y lo que es más poético, en la leyenda, allí donde la historia sea impotente para explicárnoslo”, aseguró el poeta Nicolás Guillén.

En cualquier rincón del mundo donde se juntaron su piano, su sonrisa y su canción sonaron los aplausos, y la euforia se igualó al delirio de las noches de cabaret en La Habana. El destino dejó pendientes el 2 de Octubre de 1971 a muchos fascinados que lo esperaban. Aquel día no pudo seguir viaje a Perú. El viejo puente del río y la Alameda se perdieron el retorno, y alguna limeña se quedó sin su próxima melodía. En México murió el artista y comenzó la leyenda. Bola de Nieve, es la prueba de los embrujos del su pueblo natal. Todavía hoy su voz sigue colándose, por ahí, en los oídos de quienes – inexplicablemente - no se enteraron de su adiós.

domingo, abril 26, 2009

CIUDAD, A MEDIO SIGLO DE LA CONFUSIÓN

Desde ciudades confundidas nacieron ecos de voces en silencio, rostros conversadores. De ciudades torturadas nacieron los cadáveres y se extinguieron los nacimientos que perpetuaron hasta entonces la vida única.

Hay ciudades eternas. Hubo ciudades. Milenarias. Pero también existen otras que duran cincuenta años, como ese pedazo de asfalto y de fachadas rotas, como esa ciudad a la deriva de confusiones y de torturas.

La Habana, se acerca al canto su medio siglo, porque antes fue otro mundo, porque después no se sabe qué llegará a ser.

Ciudad biológica que nace y muere en cada cien o cincuenta años. Independistas y españoles. Americanos y explosiones de barcos. Barbas y desembarcos. Y ahora… silencios y doctrinas que suman disidencias.

Capital de una isla que cambió las aguas por los miedos. La Habana inundada en temores. Que confundió certezas con ideologías, Patrias con gobiernos, lealtades con caudillismos e historias con fragmentos.

Una ciudad que derraman cuerpos desde barcos que no zarpan jamás porque ya las fronteras no tienen agua. Insular plataforma con vidas sembradas. Ya el sol no duele, porque transpirar es una salvación. El sol llueve rayos para recordar que aún se está vivo.

viernes, marzo 27, 2009

REFLEXIONES DEL COMPAÑERO ÁLVARO: LA REFORMA SILENCIOSA.

La Cuba de 1959 prometió parar la injusticia del campo y reformó su agricultura. Los latifundios dejaron de ser tales y, para que no quedara duda, a los campesinos se les puso un nombre-límite, por si alguno soñaba con eso de hacerse millonario en las tierras del estado. Los Agricultores Pequeños debían organizarse en granjas proletarias.

Fidel firmó ley en casa de un campesino. Era la primera ley. Y para ser la primera no se podía ser tan drástico. 1963 vendría para colocar hectáreas límites y mantener a los pequeños en el lugar entregado. El único poderoso sería el INRA.

El texto no repetido en discursos aseguraba “resguardo y estímulo a la industria” y estimular “la INICIATIVA PRIVADA mediante los necesarios incentivos, la protección arancelaria, la política fiscal y la acertada manipulación del crédito público, el privado y todas las otras formas de fomento industrial”.

El país del año 2000 sobrevivió al campo cubano que sólo sembró promesas. Sin frutas, sin vegetales, sin granos, sin cañaverales, Cuba vuelve a reformar su vida agraria, sin firmas estrepitosas y ocultando los bochornos. Lo intentó. Muchas veces lo intentó, pero la tierra se hizo infértil, los centrales se paralizaron, las reses se robaron, los tractores perdieron sus ruedas, el suelo parió marabú, el clima regaló más ciclones; y Cuba… NO pudo.

El país del año 2000, silencioso, sin cámaras de televisión; cauteloso, sin prometer mucho más de lo que puede dar, reparte las tierras a los campesinos de ahora. Y espera que ahora el campo Sí haga renacer piñas, naranjas, carne y leche. La revolución 50 años después.

sábado, marzo 21, 2009

REFLEXIONES DEL COMPAÑERO ÁLVARO: LA PROSTITUCIÓN


La Habana de 1959 eliminó la prostitución, entregó medallas a las putas, las formó como técnicas y profesionales, les dio salario por trabajo. La Habana de 1990 las devolvió necesitadas a las calles; la ciudad sin alternativas calló y aceptó sus putas instruidas y graduadas en las mejores universidades. Y a tono con el discurso de la igualdad, los hombres también exigieron su espacio y sacrificaron su propia sexualidad a cambio de jabones, pastas y desodorantes. La Habana del 2000 tiene putas y putos de mercado. Ahora piden ropa Dolce and Gavana y una carta de invitación. LA REVOLUCIÓN 50 AÑOS DESPUÉS.

martes, marzo 17, 2009

GRACIAS A MI GENTE


La Habana no será quizás la única ciudad del mundo que produce este tipo de sensaciones, pero es la ciudad de nuestras sensaciones. Por eso – y quizás por ese “creernos el ombligo del mundo” que seguramente robamos a los argentinos para crear una versión más guerrillera y comprometida del egocentrismo – prefiero pensar que ninguna otra ciudad del mundo te permite entrar y salir con tanta facilidad a tu propia vida.

Cual escritor con dos nombres o como el artista y su personaje, cada retorno obliga a plantearte las mismas preguntas de siempre. A veces te respondes con el seudónimo o con el parlamento aprendido. A veces vuelves a ser tú y lloras el pasado – seguramente tan angustioso como el presente, pero pasado al fin ya es lindo – y te descubres siendo tú. Pero ha sido tanto tiempo pensándote que corres el riesgo de confundirte en más de una ocasión. Debes revisarte. Y ya no tendrás duda: comienzas a hablar de aquí y de allá, pero no te das cuenta de que estás hablando de ti mismo. No hay uno y otro. Eres tú. Es tu vida. Y La Habana se convierte en un número, en una edad, en un cambio.

Alguna vez me he dicho para qué ir a La Habana, si las nostalgias pueden traicionarte, si la familia se va acortando, si los amigos siguen volando; pero siempre hay personas que sin decir una palabra de más y sin callar una de menos te recuerdan el sentido real de la ciudad.

Por haberme regalado un hermoso mes, de esos que jamás se duplican aunque en cada año vuelva a ser marzo, quiero agradecer a todos esos amigos que salieron al camino, y a esa familia de siempre que ahorra contar dramas y penas para vivir al máximo la felicidad que le producen los días de reencuentro.

Algunos no tendrán siquiera Internet para leer el correo, o para ver páginas web, pero lo saben: esta nueva entrada a mi vida tuvo sentido sólo por ellos que convirtieron mis vacaciones en algo más que un montaje en cartelera, por 15, 21 o 30 días.

viernes, marzo 13, 2009

TÚ Y MI CIUDAD SE DESPLOMAN











En una ciudad que pierde y recobra sus pasos
con la misma facilidad con que un caminante
se pierde y se redescubre,
aparecen y se desaparecen sus amantes.

Habana pródiga en deseos.
Ciudad Ruina convertida en eterna promesa.
País Cadáver a la espera de sus inminentes derrumbes.
Arquitectónicos y sentimentales.
Habana, sin embargo, dispuesta a reinventarse y sorprender.

Habana sorpresa.
Ciudad regalo.
País ajeno.
De tan nuestro convertido en ajeno.
Habana viva.

¿Cómo puede vivir una Habana que fallece cada día?
¿Cómo es capaz una Ciudad en Ruina prometer cemento y cal (
Con una mano de cemento y cal yo me recompongo
es cosa sólo de la poeta) si los cimientos ya no resisten?
¿Cómo puede un País regalar su gente al mejor postor o a la mejor moneda?
¿Cómo puede vivir La Habana entre marcas falsificadas e inventos de
cabeza, corazón y estómago.

Esta Habana es tan inexplicable como este poema mismo
Esta Ciudad se alumbra sin luces en las noches,
se resguarda de la próxima lluvia en paraderos sin techos.
se despide cada día por aire y por mar
se llora desde la distancia, se odia desde sus entrañas
se quiere desde cualquier parte y a cualquier hora.
Nunca indiferente. Siempre incierta. A pesar de que los años se mueren y ella sigue en pie. Idéntica.

¿Cómo sentir placer de andar las calles de una ciudad que recita los discursos que ya se olvidaron,
que canta las canciones que ya no venden
que prohibe canciones, que autoriza canciones
después de todo un país que canta tiene esperanza
que selecciona presidentes, que santifica presidentes, que no elige presidente
que oculta escritores, que publica escritores, que selecciona fragmentos de lo que publican escritores
que establece límites, dentro – fuera, sin decir cuál es el límite
que prohibe monedas, que liberaliza monedas, que fabrica monedas, que impone gravamen para monedas
que compra y no vende; que se exporta pero no se vende, que se transfiere
?

¿Cómo sentir placer en redescubrir los recorridos de una ciudad inmóvil?
(Debe ser que las guaguas de La Habana me llevan todos los días a los sitios a donde nunca llega el Metro de Santiago.
Citarse uno mismo es una autoreferencia innecesaria,
pero justificada cuando se trata de relaciones entre autoreferentes)

Yo y mi Ciudad.
Mi Ciudad y Yo.
Tú, mi Ciudad y Yo.
Yo, mi Ciudad y Tú.
Yo y Tú.
Tú.
T
u
´.
.
.

Alguien hará algo para evitar el desplome.

Postdata
(Y es un poema de amor. El autor – Yo – nunca tuvo intención de escribir un texto político y antiacadémico.

martes, enero 06, 2009

SHOW VS REALIDAD O MI ABUELA VERSUS LA COMUNICACIÓN DE MASAS


No ha terminado el reality show. Los restos de mi abuela aún deben estar intactos a la espera de escuchar las lágrimas de aquel niño que corría a sus brazos, esperanzado en salvarse del castigo de una madre adolescente. Es la hora de volver a llorar junto a su abuela maltratada, todo el tiempo, por el verbo duro del abuelo que los bichos se comieron aún viviendo.

Sin embargo, las lágrimas se escondieron ante la noticia distante del fallecimiento. Y las lágrimas no se exigen, no se obligan. No se exprimen como esponja llena de recuerdos, de amores agradecidos y de cariños eternos.

En la hora en que la supuesta normalidad espera escuchar los sollozos del niño crecido, ajeno, ido, lejano, indiferente… las lágrimas se secan antes de ser lágrimas, los ojos apenas se humedecen a escondidas y el pecho biológico se contrae ante la indiferencia del espectáculo que algunos esperan desnudar en público.

¿Cómo no llorar por última vez junto a la abuela que le dio su pan, sin importar el hambre propia; que le calzó los pies, a pesar de andar semidescalza por una vida que la premió con unos eternos pares de zapatos roídos?

El teléfono espera el timbre para un llanto familiar con pasaportes sin visas. Pero tampoco hay lágrimas.

Mi abuela murió en un hospital provinciano. Cuentan que quizás fue la reacción por un medicamento mal suministrado por profesionales de orgullo, en una isla que se fabrica orgullos por doquier, quizás para ocultar sus penas. En una isla donde las penas y los orgullos se administran como el pan y el hambre.

Y aún no me logro explicar por qué ese niño se ha convertido en un viejo ingrato, incapaz de llorar para drogar la desgracia, cuando el show de televisión da su próxima sorpresa. Y ese niño, de repente y sin exigencias, se descubre sólo, adulto, enfermo, distante bañando con lágrimas el rostro de una vida expuesta a través de un montaje visual. ¿Cómo soy capaz de llorar por el nuevo eliminado de la competencia? Y siento vergüenza de mí mismo por un instante.

Escucho mis propios sollozos, provocados por la mentira escrita en un programa que juran verdad. Y me vuelvo a acordar de mi abuela… y las lágrimas vuelven a desaparecer.

Extraña manera esta de sentir una pena infinita por la ausencia eterna de mi sufrida abuela que encontró en su familia la única razón para inventarse cada día, a pesar de miserias y faltas.

Y debe ser que la pena infinita por la vida borrada de quien te entregó su propia vida se hace imposible, de tan infinita, mostrarse en una pocas lágrimas indefensas que, ante el más mínimo e indetectable viento, son capaces de desaparecer. Las lágrimas son una pocas gotas de agua que corren y se secan en las mejillas. Y el dolor… el dolor es cualquier cosa menos eso.