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martes, enero 06, 2009

SHOW VS REALIDAD O MI ABUELA VERSUS LA COMUNICACIÓN DE MASAS


No ha terminado el reality show. Los restos de mi abuela aún deben estar intactos a la espera de escuchar las lágrimas de aquel niño que corría a sus brazos, esperanzado en salvarse del castigo de una madre adolescente. Es la hora de volver a llorar junto a su abuela maltratada, todo el tiempo, por el verbo duro del abuelo que los bichos se comieron aún viviendo.

Sin embargo, las lágrimas se escondieron ante la noticia distante del fallecimiento. Y las lágrimas no se exigen, no se obligan. No se exprimen como esponja llena de recuerdos, de amores agradecidos y de cariños eternos.

En la hora en que la supuesta normalidad espera escuchar los sollozos del niño crecido, ajeno, ido, lejano, indiferente… las lágrimas se secan antes de ser lágrimas, los ojos apenas se humedecen a escondidas y el pecho biológico se contrae ante la indiferencia del espectáculo que algunos esperan desnudar en público.

¿Cómo no llorar por última vez junto a la abuela que le dio su pan, sin importar el hambre propia; que le calzó los pies, a pesar de andar semidescalza por una vida que la premió con unos eternos pares de zapatos roídos?

El teléfono espera el timbre para un llanto familiar con pasaportes sin visas. Pero tampoco hay lágrimas.

Mi abuela murió en un hospital provinciano. Cuentan que quizás fue la reacción por un medicamento mal suministrado por profesionales de orgullo, en una isla que se fabrica orgullos por doquier, quizás para ocultar sus penas. En una isla donde las penas y los orgullos se administran como el pan y el hambre.

Y aún no me logro explicar por qué ese niño se ha convertido en un viejo ingrato, incapaz de llorar para drogar la desgracia, cuando el show de televisión da su próxima sorpresa. Y ese niño, de repente y sin exigencias, se descubre sólo, adulto, enfermo, distante bañando con lágrimas el rostro de una vida expuesta a través de un montaje visual. ¿Cómo soy capaz de llorar por el nuevo eliminado de la competencia? Y siento vergüenza de mí mismo por un instante.

Escucho mis propios sollozos, provocados por la mentira escrita en un programa que juran verdad. Y me vuelvo a acordar de mi abuela… y las lágrimas vuelven a desaparecer.

Extraña manera esta de sentir una pena infinita por la ausencia eterna de mi sufrida abuela que encontró en su familia la única razón para inventarse cada día, a pesar de miserias y faltas.

Y debe ser que la pena infinita por la vida borrada de quien te entregó su propia vida se hace imposible, de tan infinita, mostrarse en una pocas lágrimas indefensas que, ante el más mínimo e indetectable viento, son capaces de desaparecer. Las lágrimas son una pocas gotas de agua que corren y se secan en las mejillas. Y el dolor… el dolor es cualquier cosa menos eso.