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miércoles, diciembre 23, 2009

MI HISTORIA RESUMIDA EN HACIENDO RADIO, A PROPÓSITO DEL REENCUENTRO CON MI EX COLEGA JESÚS DÍAZ LOYOLA

Loyola, me da mucho gusto cada vez que me encuentro con gente que me remonta al pasado, aquel pasado profesional que sigo amando – por considerarlo la escuela que nos tocó – y como muchos otros reaparecidos me llegas distinto. Ya no eres aquel corresponsal de Matanzas por el que yo preguntaba cuando no aparecía. Esa lejanía que dices que me ha curtido, también me ha hecho reinterpretar los hechos de aquellos agitados días de “correcta” producción informativa… Y mientras te recriminábamos a veces por no aparecer en las trasmisiones hablando del quehacer de tu región, estabas preocupado de cosas más importantes que del periodismo “aprobado” y eso me hace darte mucho más valor del que en su momento pudimos reconocerte. Ya hacer periodismo oficial era difícil, hacerlo desde las regiones era aún peor, y si el profesional de regiones ya venía cuestionándose las formas, los silencios y las lealtades mal entendidas TRABAJAR CON LA RESPONSABILIDAD QUE TENÍAMOS ANTE NUESTROS OYENTES (que siempre fue distinto de trabajar con la responsabilidad adicional que teníamos ante nuestros funcionarios) de era prácticamente una odisea. Por eso siempre me gustó mientras dirigí o conduje Haciendo Radio premiar con mis cariños o mi verbo, o mis presentaciones – a veces medio sensacionalistas – a los corresponsales de provincia. Esos profesionales víctimas del fatalismo geográfico y de sus partidos regionales – entre los que siempre te he contado, a pesar de que en algún momento hasta pude calificarte de “casos”- eran excelentes periodistas que aceptaron la técnica de la prensa militante porque era la única posible.

Participé en muchos encuentros de corresponsales. Todos los que se hicieron entre 1995 y el año 2000. Por ahí he rescatado de una hoja reciclada en la redacción de Radio Rebelde un manuscrito con el que inauguré en Santiago de Cuba el encuentro de corresponsales del año 1997. Lo escribí durante en el viaje en tren que duró 17 horas. Fue dedicado a todos ustedes, a los periodistas de regiones que luchaban por posicionarse en la transmisión nacional, y uno a uno los fui mencionando (prometo digitar esa crónica en algún momento para que la puedan leer) agradeciendo sus urgencias y reconociendo sus frustraciones y algunas técnicas con las que algunos amigos de algunas regiones – SABRÁS CUALES – intentaban manipularme para que les sacáramos en horarios de gran audiencia sus tediosas entrevistas con los Secretarios del Partido Provincial. Haciendo Radio fue una escuela, amigo Loyola, por eso yo añoro y disfruto recordar esos tiempos. Por eso escribí desde la pasión la nota de nuestros colegas y/o amigos muertos. No es nada, al lado de las muchas cosas que me gustaría escribir. Yo creo que una de las tareas pendientes es desenmascarar esa Militancia de Radio Rebelde. Las Militancias no la hacen las empresas o las instituciones. La hacen sus gentes. Y nosotros bien sabemos de las gentes que desde dentro cumplimos nuestro trabajo, sacrificando principios, ideas, sueños, verdades. Quizás tus dos manos sirvan para escribir la historia de la comunicación matutina de todo un país que, durante años, se limitó a los informativos radiofónicos y, sobre todo, a la voz de Haciendo Radio.

Haciendo Radio lo descubrí con 12 años en un surco de papas, en el receptor Juvenil 80 de mi profesora de literatura. Lo primero que escuché fue el itinerario de los ómnibus nacionales de Cuba, información que día a día agenciaba mi siempre inolvidable Celia Guido Buendía, la mexicana (creo que reconocí en su carácter el tremendo viejo gruñón en el que yo tb iba a convertirme, y quizás por eso le tuve un cariño especial). ¿Cómo algo tan simple y básico como un itinerario de escasos buses me iba a producir una sensación tan especial? Nunca he podido olvidar que mientras escuchaba aquello, tirado en la tierra, me imaginaba las carreteras de todo el país, soñaba con las ciudades que se decían… y pensé que Cuba era más que aquel pueblo pobre y en ruinas donde mis padres me engendraron. Una década y algo después cuando le ponía toda la pasión del mundo para describir losw recorridos, atrasos y suspensiones de los viajes. Me acordaba y me imaginaba en aquel surco de papas escuchando a Gladys o a Ibarra. Y le ponía más pasión quizás porque me imagina que le estaba los sueños y los apetitos a otros adolescentes en campos de tacabo, papas o cañas que podrían estar escuchándome como lo hice yo antes.

Después de aquella experiencia seguí el programa desde el radio VEF de mi abuelo muerto. Las partes que podía escuchar antes de irme a la secundaria. Cuando llegué a la Universidad era un programa infaltable – tb porque comenzamos a conocer rostros de nuestros compañeros de estudios que se integraban a las transmisiones, como Roberto Cavada. De ver su entusiasmo, llegué un día a conversar con Magaly García Moré. Agradezco a Cavada; gracias a él llegué al programa. Y también a mi amigo Guillermo Morales Catá por haber desafiado la censura y en pleno año 1993 describir un video donde se hablaba de los asesinatos de los sovièticos, o algo parecido. Echaron a Guillermo y el puesto que habían ocupado grandes del periodismo de los 80, como Alberto d´Pérez estaba desierto.

Me integré siendo estudiante a la Sala Internacional del Satélite. Magaly, (quién ha escrito hace unos meses unas emocionantes notas acerca de mí y de las ganas que me descubrió por hacer algo más allá de lo esperable. Tengo pendiente agradecerle tan importante palabras por la boca de quien viene) maestra siempre, me lo advirtió: no es un juego, es una responsabilidad que no imaginas. Pero acepte. Confundido las mayores de las veces, recurría a Eduardo Dimas – recordado siempre por el apoyo que dio cuando me escuchó al aire. Antes, me confesó – me vio con mi cara de provinciano asustado -que pensó que yo sería un fracasó. Y terminó estrechando mi mano, muy fuerte. Marina Menéndez me llevó a descifrar otras incógnitas de la NO Política Editorial que teníamos. Era un Adivinanza diaria saber qué decir y cómo decir del mundo político sin que antes nos hubieran dado lineamientos y señales de lo que pensábamos del mundo. Siempre le reconocí a Dimas y a Marina esa inteligencia y oficio para decir más de lo permitido sin que los censores se dieran cuenta. Eran mis tiempos de estudiantes, y como descubrí que la universidad bien poco nos decía del mercado laboral, decidí que mis mejores clases serían en un estudio de radio, con aquellos que no eran los profesores titulares, pero que fueron los que me enseñaron.

Recuerdo que esos difíciles años para hablar por la radio también fueron difíciles años de convivencia familiar, de disentimientos ideológicos entre padres e hijos… Nunca olvidaré la imagen de Eduardo Dimas, un hombre infaltable en el análisis de la política exterior cubana con los países latinoamericanos y con el mundo todo, cuando nos comentaba la decisión de su hija Mirtica – con quien compartí generación en las aulas de la Facultad de Periodismo – de quedarse en España. Al interior de Haciendo Radio aprendí que habían lealtades endebles y otras que duran para toda la vida. Y que el amor está por encima de cualquier quimera.

Por eso, en los años que me tocó ser profesor de la Universidad pasé muchas de las clases de pizarrón a clases de micrófono. Algunos de mis ex alumnos que he encontrado en Facebook recordarán aquellas madrugadas en las que hacíamos los programas y los noticieros que nunca se iban a trasmitir. Lo sabíamos, pero queríamos hacer los noticieros como pensábamos que debían ser. Y queríamos aprender de nuestra vida profesional desde dentro.

Por suerte del destino, el primero de enero de 1996 – aniversario de la Revolución Cubana – como muchos otros día se quedó roto en el camino el auto que recogía a los conductores Ana Margarita Gil, otra grande, y Félix Fernando Garrido, que si no fue mejor en la conducción del programa, teniéndolo todo para serlo, fue porque se equivocó en esos límites de las responsabilidades a las que antes me refería; fue más responsable con los funcionarios que con los oyentes y, eso, a la larga hasta a los propios funcionarios les llega a molestar. Por entonces yo era el director de emisión y el único al que me arriesgaría a poner en la conducción era a Roberto Canela, pero como mismo en otra crónica alabé su capacidad y su credibilidad, él mismo decía que no era buen conductor sino locutor. Me senté al micrófono y cómo ha pasado en muchas casos ante la ausencia del protagonista las miradas se dirigen al “sustituto”.

Así comenzaron mis tiempos de conductor de Haciendo Radio. Pero también hay alguien a quien la vida quizás no ha premiado como él ha premiado a tantos otros en la vida: Antonio Moltó. Creyó en mí desde el primer día. Cuando llegué con mi título en la mano y no tenía nada más interesante que hacer que cubrir las “noticias” de comercio y gastronomía en un país donde no había comida y ropa, Moltó me dio tiempo, tiempo para pensar, para investigar, para soñar… Me estaba probando. Nunca me lo dijo, pero yo lo sé. Y creo no haberlo defraudado. Mientras a los reporteros se les exigían cantidades semanales de “cajitas” (reportes informativos que iban en cintas magnetofónicas dentro de una cajita), Antonio me liberó de esa pesadilla. Era imposible con el sector que me había tocado hablar de comercio y gastronomía todos los días. Tres semanas demoré en hacer mi primer reporte. Fue un lujo haber tenido el tiempo. Carlos Ruiz de La Tejera aceptó grabarme una versión del Monólogo de la Croqueta para usarlo como hilo conductor en una “trilogía gastronómica” que lancé en Haciendo Radio. Humberto Borduy – el director por esos días – me premió con un bono de dinero (por desgracia no fue en dólares). Ese inicio y mis paso por la radio se lo debo a Moltó y a aquel inolvidable consejo: “no repitas nada de lo que escuches, no hay paradigmas para seguir”.

Mario Robaina, el funcionario de Partido designado para dirigir Radio Rebelde también confió en mí. Dicen que hoy está en Miami decepcionado del sistema – no me consta, sólo me lo contaron. Cuando me entregó la conducción me hizo dos advertencias: no todos resisten levantarse a las 3 de la madrugada y si aceptas tienen que ser dos años como mínimo.

A poco andar llegó a mi lado una mujer que por primera vez NO era locutora. Tenía un abultado curriculum oficial, años de experiencia, y estaba curtida en las lides editoriales, según las normas del país. Contrario a lo que muchos pensaron Arleen Rodríguez Derivet asumió con humildad venir desde un sillón de directora a uno de conductora, en un medio del que no conocía su lenguaje, Yo en ambio, sentía que mi carrera iba en ascenso y lo único que me quedaba era aprender de ella, como antes lo había hecho de otros. Yo con mis 23 años y ella con sus 40 hicimos durante muco tiempo un programa del que yo me enorgullezco. Quizás cuando se haga la historia de Haciendo Radio ni me mencionen, pero creo que nuestra pareja marcó un hito en el programa. Ambos éramos periodistas, ambos teníamos opinión del entorno, ambos teníamos opiniones distintas del entorno (y eso aunque el periodismo conservador no lo tome mucha en cuenta la dramaturgia lo premia y los oyentes también). Por primera vez la mujer en la conducción de Haciendo Radio dejaba de ser el complemento del hombre conductor. Arleen no era la voz hermosa – aunque sí la tiene – ni la voz técnica, ni la mujer que vendría a reírle a su compañero conductor. Yo tampoco tenia la voz más técnica – de hecho nunca acepté evaluarme – ni era el timbre ni el tono más hemoso – reconozco que gritaba como condenado -, pero había frente al micrófono dos entes pensantes y polémicos. Me gané algunas sanciones de las cuales, aunque ella tal vez ni lo recuerda, fue Arleen quien me salvó. Y ella se ganó muchos llantos por mi culpa. Recuerdo como si fuera hoy el día en que le cerré el micrófono y ella siguió hablancdo. Le señalaba que estábamos en tiempo, que cerrara el argumento… y mi amiga siempre ha sido muy buena para hablar, no me hizo caso. Ella tenia 40 años y un mundo de experiencias, yo tenía 23 y un mundo por aprender, pero por desgracia para ella quien mandaba a cerrar los micrófonos era yo. Quizás por suerte para ella. Una noche del 2004, tomando unas cervezas la destacada actriz cubana Isabel Santos me dijo: “Así que tú eres el famoso Alvarito. Arleen siempre dice que tú fuiste quien la enseñó a hacer radio”. Por ese respeto que siempre nos tuvimos, por las muchas veces que también nos los faltamos, por las horas de trasnoche que compartimos, por los despertares a media que nos emparejaron, por las veces que yo abrí el programa para esperar que ella terminara de maquillarse, o que lo empeza ella mientras yo subía tarde corriendo las escaleras del ICRT, ninguna diferencia en temas políticos o ideológicos ha hecho – y espero que así siga siendo – que yo deje de considerarla una de las grandes suertes que he tenido en mi vida, ser su amigo. Y seguiré siéndolo, al menos yo con ella, aunque Arleen tomase todos los días un avíón Habana-Caracas o hablara horas sin parar en la Mesa Redonda informativa, sin un director que tenga la valentía de mandar a callar.

Para un aniversario de Haciendo Radio invitamos a Alberto D´Pérez a hacer las transmisiones desde la Sala del Satélite como en los tiempos iniciales. No había nadie hacía meses cubriendo esa posición informativa y espero que no lo olvide, pero pensé en Raúl Garcés, un talentoso graduado de periodismo que desde los tiempos de estudiante y aunque no hubiera sido de mi año prometía en un nuestro medio. Raúl deberá recordar que hizo su debut ese día en compañía de Alberto.

Haciendo Radio me dio además la posibilidad de conocer completo a mi país, de punta a cabo. A la menor oportunidad de arrancarse a provincias me inventaba transmisiones fuera de los estudios de La Habana. Aquellos tiempos de límites editoriales nos curtieron en la creatividad. Disfrazamos intensas horas de radio informativa y de omisión con las formas, las iniciativas, las ganas, el verbo, la credibilidad de muchos, el oficio de casi todos y las ganas enormes que teníamos de que la radio, nuestra radio, fuera mejor.

viernes, diciembre 18, 2009

TENGO ENVIDIA


Hoy una amiga me ha escrito un mensaje privado en facebook. Me dice que tiene pena y que me envidia porque me ve alegre en Chile, feliz en las fotos, pasándola bien en fiestas, compartiendo con amigos y viviendo la vida que escogí o me tocó. He pensado todo el día en ese mensaje y, antes de irme a la cama, quería compartir con todos una reflexión, quizás tonta, pero quería confesar que también yo he sentido envidia de ustedes muchas veces. Sanamente.

He tenido envidia por estos días de Paquito y su valentía para confesar militancias, en un sitio donde la suya francamente no es la más representada; y enfermedades, en un país que ha jurado tener vacunas pero donde la mentalidad pareciera ser la menos inmune. Envidio siempre a Ileana y su familia hasta el punto de leer sus artículos aunque las tetas cada día me importen menos y un niño no esté previsto entre mis próxima obligaciones; siento envidia de tener cerca una niña como la de Ileana o las de Mavelyn, Kathia ; un niño como el de Anaís, Odette, Mayor, Paco o Yanitza; siento envidia de ver crecer los hijos de mis amigos e imaginarme que el mío estaría compitiendo en tamaño como lo hacen con ellos, los adolescentes que vi niños de Minoska, Dagmara, Marjorie o Javier. Tengo envidia de Ismael que a pesar de cualquier obstáculo está en el escenario con el que soñamos muchos de los que amamos el micrófono y la cámara… Siento envidia, incluso de los martinis que Odette toma sola en sus ataques de pena y de sus escritos, aun cuando ella los califica de “intrascendentes”. A veces hasta envidio a Fulano y Mengana (conciente de que no habría que envidiar nada si hasta debo evitar sus nombres para no causarles un daño ante quienes revisan, evalúan y borran) porque siguen haciendo lo que les gusta en la ciudad que aman y sueñan con una Habana mejor. Envidio los éxitos de mis amigos en las radios y televisoras de Miami y me admiro con las ganas que también tienen de una Habana distinta. Siento envidia de Osmany, de su amor por las flores y de cómo asume tranquila y desideologizadamente lo que en definitiva no deja de ser nuestra soledad. Siento envidia cuando amigos se juntan en alguna ciudad que no les conoce suficientemente aún para revivir, invocar, recordar y vivir; y más cuando cada uno anuncia visitas y regresos a esos pueblos que no logramos olvidar. Siento ganas de haber escrito los poemas y las crónicas que hacen mis amigos acerca de sus dolores, de sus penas, de sus alegrías, de sus esperanzas,… Siento envidia de Miguelito y de su vida estable y cosmopolita en Buenos Aires, esa ciudad de la que me enamoré. Veo a Adonis, Guillerno, Ibelis, Deglis, Karelia… y envidio andar como ellos por las calles de la Europa con la que todos soñamos. Leo y miro a Bárbara Llamos y me pregunto por qué a mí se me acaban a veces tan rápido las ganas cuando ella anda con su energía en carnavales de derroche.

Que algunos me digan que me envidian, cuando yo juro que mi vida es lo menos envidiable del mundo, o que yo a veces envidie a mis amigos me ha hecho tener la certeza de que no podemos tenerlo todo. A cada uno nos tocó – o escogimos – una vida que tiene de dulce y de agraz. Y por eso me hace muy feliz tenerlos cerca, desde el Facebook. No me da vergüenza confesar que el Facebook se me ha convertido en un espacio infaltable de cada día, y creo que a muchos –incluso, aquellos que se resistían al inicio – les está pasando lo mismo.

Y tal vez sea porque el mundo se nos hace familiar y doméstico; porque las cosas que le van importando a nuestros amigos comienzan también a importarnos, porque a veces nos sorprendemos uno del otro (nunca olvido un comentario de Ileana donde me decía que le sorprendí y seguidamente aclaraba “para bien, claro”) y hasta comenzamos a querernos más, porque hemos descubierto los blogs, las páginas, los enlaces, los videos que hacen nuestros amigos, o que le son habituales. Porque hemos coincidido todos en un mismo lugar donde compartimos los instantes de felicidad que retratamos. Porque nos enviamos besos, abrazos, flores de navidad, guiños, felicitaciones de cumpleaños, buenos deseos para navidades o año nuevo; porque vemos como cada uno se ha ido incorporando a los países que los acogieron y, ya sea en inglés o en español, comenzamos a advertir esos cambios en el lenguaje que van marcando también el inicio de un cambio generacional y socio- cultural dentro de nuestras familias. Porque colgamos los recuerdos y pedazos del pasado que queremos traer de vuelta, porqué más de alguno nos hemos preguntado cómo tanta persistencia para añorar aquellos tiempos que queríamos ahogar de un tirón en el Malecón de La Habana.

Creo sinceramente que ver en mis amigos la felicidad por hechos y proyectos ausentes de mi vida, o que algunos de ellos quisieran vivir mis instantes de alegría y sonrisa complementa mucho más nuestro proyecto de mí. Tal vez es una tontera, pero hace también que las tonteras comenzaron, también, a hacerme feliz.