ULTIMAS PUBLICACIONES EN www.alvarodealvarez.com

Memorias y Personajes – Alvaro de Alvarez

Si vas para Chile – Alvaro de Alvarez

Cuando salí de Cuba – Alvaro de Alvarez

En Primera Persona – Alvaro de Alvarez

lunes, abril 26, 2010

LA PELÍCULA DEL SÁBADO


La Iglesia de Nuestra Señora de La Merced me recuerda que el tiempo pasa y que ya no hay vuelta atrás para calmar cada minuto y transformarlo en vida. Las campanas y el enorme reloj de la torre derecha del templo católico, que se asoman como vecina de solar por el ventanal de mi habitación, tañen cada 15 minutos, queriéndome obligar a pedir perdón, a correr al confesionario donde jamás, excepto por curiosidad, me acerqué; es como si Dios estuviera arremetiendo desde mis oídos por tanta incredulidad acumulada, por las veces en que dije no creer en su existencia, dudar de su buena voluntad e ignorar que podía ser precisamente él y no uno mismo quien controlara su propio destino.

Ahora es el tiempo de Dios. Todo el tiempo a su favor. Ahora las campanadas cuentan los minutos; en cada hora lanzan un ensordecedor estruendo sobre las paredes vecinas, como si no importara la tranquilidad del prójimo. En esas pequeñas cosas, siempre se me desfiguró la posibilidad de que Dios existiera.

Cómo si es tanta verdad, como para que el 70 por ciento de los ciudadanos de este país creyeran en él, iba a ser incapaz de regalarnos silencio y sosiego, respetar el ambiente y, al menos los fines de semana o tan sólo en las madrugadas, dejar de sonar tanta campana junta. Esa obsesión por marcar presencia es lo más parecido que he visto al autoculto a la personalidad.

Dios es un avaro que desea ser pensado por todo el mundo, incluso, porque quienes nunca le creímos. De lo contrario, no me explico que haga tanto ruido para hacer notar su presencia. Soy capaz de presentarme en la oficina del padre y proponerle un canje amistoso, al más puro estilo de los tratados de moda en el comercio internacional. He pensado trocar mi fe por las campanadas.

A estas alturas de la vida que he llevado bien poco me importa traicionar mis propios principios. Y rubricar tal determinación. Señor Padre, yo le prometo creer en su Dios todo el tiempo que me queda y usted intercede con su Santo para que deje de tañer campanas en los oídos de sus hijos. Es todo lo que le puedo dar. Y creo que mis vecinos de este espantoso edificio que rompe toda armonía arquitectónica del centro de Santiago me lo van a agradecer con visitas dominicales al Cementerio General. No procuro obituarios sensacionalistas y dramáticos, pero siempre hace bien al alma, si es que ciertamente no muere junto al cuerpo, saber que alguien te agradece un gesto de buena voluntad.

Como en todo pacto, ambas partes creerán ser ganadoras. La Iglesia obtendrá un fiel más en tiempos en que las creencias emigran y las personas simulan, y yo ganaré tranquilidad para dormir los días contados. Pero la verdad, es que el gran ganador de este tratado interideológico que se me está ocurriendo, sería yo. La Iglesia tendría que dejar de tocar eternamente sus campanas y yo sería un hermano que duraría nada sentado en las misas, porque yo para mi vida no quiero demasiados domingos.

LOS MUERTOS QUE ME PERDÍ


En mis años de trabajo en la radio oficial cubana, donde hice carreradesde los inicios de mis estudios de periodismo y a la que le agradezco muchos aprendizajes y habilidades profesionales, me tocaron varios muertos, de esos que cualquiera quisiera haber tenido cerca. Tuve la suerte de transmitir especiales para algunos de sus sepelios, ser matriz para la cadena nacional de radio en otros casos eméritos, o simplemente despedir el informativo con una crónica escrita desde mi inspiración y alejada de las frases hechas que las agencias oficiales repartían a todos los noticieros del país. Debo decir que mientras estuve frente al micrófono jamás leí una nota de un muerto para contar sus medallas de federadas o de héroes del trabajo, ni para explicar que murieron de una repentina o penosa enfermedad.

A veces los maestros no calculan el peso de sus palabras; en un simple ejercicio de periodismo radial Gladys Pérez – importante radioducumentalista, hoy exiliada, que en su momento tuvimos la suerte de tener como profesora – insistió en las palabras comunes que atormentaban nuestros micrófonos. En los tiempos de la carrera hizo que me negara reiteradamente a trabajar con las “rutinas productivas” que nos obligó a detectar escuchando noticieros de radio.

Hay personas que no merecen ser recitadas en notas necrológicas que aguardan en las redacciones para reemplazar nombres y apellidos, funerarias, horas y días del entierro. Me vienen a la memoria momentos inolvidables como la marcha en la que atravesé las calles contando el entierro de Isolina Carrillo, la eterna mujer de las dos gardenias. O mis transmisiones para Así, de Franco Carbón, en el velorio de Germán Pinelli donde entre todos los entrevistados Celeste Mendoza fue la reina de las historias comunes que la convirtieron en una de las mejores amigas de Pinelli; ignoraba ese día ella que muy pocos años después me tocaría volver al mismo lugar pero ya entonces ella estaría en un féretro y serían otros lo que me contarían de sus andanzas y locuras. Celeste murió loca, y ese día la nota oficial la reemplacé por mis memorias en las madrugadas, donde llamaba insistentemente a Haciendo Radio para quejarse de “este país de mierda donde la gente se muere de hambre”; ella se murió de alcohol en ese mismo "país de mierda" que la mostró como una pieza de museo en el libro de Báez Los Que Se Quedaron. Pero Celeste era impredecible y loca; al mismo país que un día amaba, lo odiaba con todas sus fuerzas a la mañana siguiente. Ese "país de mierda" se justificó con su locura prohibiendo que la invitaran a sus programas porque los locos dicen muchas verdades. En varias ocasiones se nos aparecía en Haciendo Radio para protestar y teníamos que grabarla y editarla.

Recuerdo la ceremonia en la que despedimos a Enrique Goizueta, maestro de la locución. Desde sus años y su experiencia, a pesar de su integración y respeto al sistema, Enrique fue siempre un admirador de mi trabajo y por eso me dio tanto orgullo transmitir desde la Funeraria de Calzada y K. Recuerdo el día en que llegado el primer airecito de invierno, reemplacé el estado del tiempo por una “croniquilla refrescante” y describí a la gente caminar por 23, saboreando el salitre que saltaba del muro del malecón, las ropas pegándose a los cuerpos y los pelos desordenados de quienes corrian a esa hora por La Rampa de La Habana. Y lo digo con orgullo, porque ese día Enrique me llamó y me subió el ego diciéndome que había hecho esa crónica como él la hubiera querido leer.

Se nos murió Enrique y años después se nos murió la hija. Gladys Goizueta se fue y ya muchos de nosotros vivíamos en el exilio, pero muchos recordamos las muchas mañanas en la que nos despertó, sus años en Visión, su paso por la televisión y, para los entendidos en el medio, una de las pocas voces cubanas que sabían hacer publicidad. O digamos, promociones y propaganda. Pero técnicamente era implacable Gladys fue de los muertos que me perdí. Me hubiera gustado haber estado en su sepelio. Quienes dedicamos nuestra pasión al micrófono sabemos que hablamos como pensamos o pensamos qué hablar o cómo decirlo en algún momento. (En Radio también la improvisación se ensaya - esa fuera clase.) El día que me enteré del fallecimiento de Gladys caminé por las calles hablando solo como loco inventando mi transmisión de ese día, dándome – claro - algunos privilegios que me permitía no salir por la radio cubana. Gladys murió y todos hablaron maravillas de ella, pero en realidad no hubiera podido decir la verdad durante la transmisión. Hubo mucha gente - y lo juro – que se alegró de su muerte. Gladys arremetió contra los jóvenes locutores siendo parte del tribunal evaluador e inquisidor de los voces de la locución cubana. Gladys devaluó locutores insignes de Cuba, les bajó categoría profesional a otros… y se ganó la enemistad de muchos. Fue implacable profesionalmente, y a veces los mediocres no lo perdonan. Quizás era soberbia, pero siempre apoyó el talento. Y me consta. Fue muy aliada mía en tiempos en los que había defender programas, gente buena, etc. Todo esto lo pude decir por la radio… Ese día comencé mi programa en Chile repitiendo el discurso que había ensayando caminando por una ciudad que no la conoció; pedí disculpas a los oyentes por hablarles de un desconocida, pero comencé con una crónica de Gladys, donde no hubo omisiones, donde la conté como fue.

Roberto Canela era “la voz de la notica en Cuba”. Desde que lo conocí me maravilló ver cómo ese hombre hombre podía convertir en algo “escuchable” un editorial oficial, o una nota de papas y caña. Roberto Canela murió como quiso. Hasta el último día frente al micrófono. Debe aceptar que todavía hoy – aún habiéndolo dicho hasta el cansancio durante años – me erizo al acordarme de su música característica y decir bien rimbombante “ Con ustedes… la voz de la noticia en Cuba”. Canela murió desdeñado y olvidado. Le dedicó toda su vida a la comunicación de los cubanos. Fue utilizado para manipular la opinión pública y supo hacerlo y ganarse el cariño de los oyentes que más que las cifras de emulación se nos hacían amigos por las horas en que le acompañábamos. Debo confesar también que cuando conduje y dirigí Haciendo Radio me confabulé para mandarlo a descansar a su casa. Operación sin resultado. A Canela se le caía la plancha de dientes leyendo noticias y algunos días era insostenible mantenerlo al aire. Lo acompañé en la muerte de su hijo, en sus dramas pasionales con una mujer joven que quería heredarle la casa y lo único que pedía ese hombre cuando salíamos al extranjero era un pegamento para su plancha dental que le permitiera seguir vivo con su pasión por la radio.

Hubiera querido estar en la muerte de Canela, acompañarlo y hacerle justicia. Y estoy seguro que más que un comentadillo obligado de un periodista de redacción, y la lectura de una nota oficial, no se dijo más. Canela y yo peleamos mucho. Se indignó conmigo no pocas veces, pero debo decir que no era por que desdeñara que un joven de 25 años lo dirigiera. Fue maestro siempre y aspiró a que yo aprendiera a mantener mi calma en los momentos de mayor estrés del programa cuando yo mandaba a todo “a la mismísima p.....” cuando aquello se nos salía de las manos. Canela hacía 20 años nadie lo entrevistaba. Él decía que no se dejaba entrevistar porque su vida era muy aburrida y él no era de los que gozaban figurando. Descubrí que era mentira. La gente no sabía de su historia. Un día le propuse hacer un especial de mediodía y durante una hora hablamos sin pausa de su vida. Estoy orgulloso de esa entrevista que salió sin cortes al aire, y donde Roberto Canela contó de sus inicios en la TV, de sus años de gloria viajando por el mundo como la voz comercial de las grandes ligas de béisbol,…

Consuelo Vidal fue otro de los casos que me tocó conocer. Quizás agradezco no haber estado. Consuelito era un ícono de la revolución y no me hubiera podido escapar de repetir elogios oficiales. Todos sabemos que murió enojada con los dirigentes culturales de Cuba, con su propio hijo por haberle dado el respaldo a un sistema que la llevó a la ruina y la mató de pena. Inolvidable fue el enojo que presencié en su casa del Nuevo Vedado, previo a un cumpleaños. Consuelo tomó una botella de ron y diciendo la cantidad de improperios y de malas palabras que caracterizaron su vida fuera de cámara y de micrófono, nos dijo "esta pinga de regalo me mandó Enrique Román, a nombre del ICRT". Ahí comenzó decir de lo poco que cuidaban los rostros, de la humillación que significativa para una mujer recibir algo "tan delicado" como un Havana Cub. "Todo el mundo sabe que soy borracha, pero colmo me manda una botella de ron blanco, cuando saben que no me gusta el blanco". Fue al fregadero de la cocina y dejó caer - de principio a fin - el chorro de líquido que no era para los santos, sino para las cloacas de La Habana.

Me perdí también despedir a Ríspido Arceo, chofer del móvil de Radio Rebelde que me paseó por todo el país. Ríspido se conocía Cuba como la palma de su mano. Con él fue mi primer recorrido por el país entero, a ruedas en un auto viejo que nos dejó tirados varias veces durante ese noviembre y diciembre de 1995. Ríspido era anticomunista, mazón, brujero, peleador, solariego… pero era un negro que me cuidó como nadie y que me hizo creer fuerte y talentoso en medio de vacas sagradas que querían impedir la llegada de discursos distintos. Me acuerdo de él todos los días. No le gustaba que visitera de negro, porque eso eran cosas del demonio y si un día me iba a recoger y me veía alguna prenda negra me daba dos opciones: o tomaba la guagua o me cambiaba la ropa. El sentido de propiedad sobre su auto oficial era incontrolable. Me revisaba el departamento al menos una vez al mes para confirmar que hubiera cambiado los muebles de lugar porque él conocía de espíritus y éstos se espantan cuando les cambias el camino de la casa. Escuché una nota que le hicieron tras su muerte y todos fueron políticamente correctos. Yo hubiera al menos recordado cuántas veces nos llamaron para regañarnos desde La Habana porque llegaban quejas de los partidos provinciales. Ríspido andaba con un galón blanco, sucio, rayado, lleno de cervezas. Lo metíamos en las casas del partido para beber por las noches y eso estaba prohibido. Un día de 1998 nos hicieron regresar desde Camaguey a La Habana porque Rispido pidió una audiencia con el secretario del partido para pedirle gasolina, un mejor hotel y un pulovito de esos que regalaban con algún símbolo.

Recuerdo todo esto a propósito de la muerte de Gisela, la última muerta que me perdí. Acabo de ver las notas de televisión y las crónicas de mis colegas. Y quizás yo hubiera tenido que hacer una crónica políticamente correcta. Ahora, les aseguro que con muchos colegas de la radio hubiéramos andado de risotada en risotada en los pasillos de la funeraria. Ellos mismos se hubieran puesto de pie a decir una frase correcta y revolucionaria para el noticiero de las 8.