ULTIMAS PUBLICACIONES EN www.alvarodealvarez.com

Memorias y Personajes – Alvaro de Alvarez

Si vas para Chile – Alvaro de Alvarez

Cuando salí de Cuba – Alvaro de Alvarez

En Primera Persona – Alvaro de Alvarez

martes, junio 01, 2010

LA VIDA INSUFICIENTE... (Frag.)


Nacer en Cuba, ¿bendición o desgracia? Fue la pregunta que la mayoría comenzó a formularse cuando la vida se hacía cada vez más insuficiente para soportarse a sí misma, cuando los hechos reales llegaban a nuestros oídos a través de noticias oficiales, correctamente seleccionadas y optimistas para reducir los niveles de incertidumbre que comenzaron a apoderarse hasta de los más integrados. Pero fuera una u otra la respuesta, la vida había comenzado en esa isla, de todos y de casi nadie, que se confundía y nos confundía en los finales de siglo; en esa isla donde no escogimos llegar al mundo y en la que muchos no pudieron morir. Tal vez, si el nacimiento fuese un acto voluntario, no pocos hubieran preferido otro lugar donde soltar el primer llanto, para evitarse los patriotismos condicionados que marcarían el destino y las duras batallas por liberar la esperanza y hacerla crecer más allá de los sueños permitidos. La Desgracia de Nacer en Cuba: así podría habérsele llamado al síndrome que se apoderó de la mente colectiva de un país de héroes, de planificadores, de racionamientos, de contingentes, de vigilantes; de oportunidades repartidas, de limitaciones entendidas, de pretextos, de discursos y aplausos, de movilizaciones y epítetos, de intereses colectivos y de individualidades pospuestas.

La Desgracia de Nacer en Cuba se apoderó de todos.

La Habana, 1995

Nunca me lo dijo, pero sospecho que David descubrió a tiempo que había en mí un enorme deseo de ser como él. O tal vez, acostumbrado a estudiar y sacar las conclusiones más exactas que se puedan imaginar acerca del carácter de la gente que lo rodea, David entendió que – en el fondo – nos parecíamos tanto que hubiese sido imperdonable perdernos la posibilidad mutua de compartir las penas y esperanzas en el comienzo de la década más crítica de nuestras vidas.

Nuestra verdadera relación comenzó una noche en el Malecón de La Habana. Sentados en el roído muro, donde tantas tristezas desahogamos, comenzó a contarme lo que sería su nacimiento como protagonista de estahistoria. Era una noche como todas las demás, en la que el mar que nos rodeaba era la única opción para escapar del bullicio de una ciudad que se confundía; de una Habana hermosa pero vieja, descuidada y detenida en las fachadas de antaño. En el muro del malecón nos conocimos más casi todos los compañeros de la Universidad. Nos contamos nuestro pasado, confesamos mutuamente los temores con los cuales nos enfrentábamos a una manera distinta de vivir y pensar e intentábamos imaginarnos pragmáticamente el mañana, apartados de la hermosa utopía con la que nos entrenaron para iniciar nuestro rumbo a un futuro que resultó ser muy incierto.

Ese encuentro cercano entre David y yo, vino después de muchas horas y semanas de vernos a diario en las clases de la Facultad, de cruzarnos en la Avenida de Los Presidentes, de encontrarnos en el Teatro Mella o en el Bertolt Brecht y de hacer colas en la cafetería de enfrente de la beca, para comprar los racionados panes con fricandel que nos salvarían de angustiosas jornadas. Estas ocasiones me habían servido para imaginarlo, pero aquella noche en el Malecón fue definitiva para que reconociera en él la calidad humana con la que podríamos resistir la tormenta que se avecinaba.

El primer día de clases de la Universidad descubrí tras los lentes enormes que acostumbraba a usar su capacidad e inteligencia. Estuvo todo el tiempo en silencio absoluto. Observaba cada gesto de sus nuevos compañeros, quienes conformaríamos el círculo de vida en los próximos 5 años del calendario de fin de siglo. Su humildad provinciana era fácil de descubrir. Botas limpias y pulidas, pero desgastadas por el uso. Un pantalón hecho en casa que su mamá le regaló antes de irse a La Habana para que llegara con alguna nueva ropita a la gran ciudad y un pulóver Ocean Pacific que por esos días se vendía en bolsa negra en casi todos los rincones del país. Eran los tiempos en los cuales los jeans Zingaro y los pulovers Ocean Pacific se globalizaban, adelantándose incluso al discurso de los políticos que utilizarían el término para arremeter o endilgar constantemente contra el mundo que inevitablemente se nos venía encima.

Las expectativas rondaban los pasillos de la facultad. Los estudiantes de cursos superiores nos asustaban con sus visiones apocalípticas de la realidad. No estábamos preparados para reflexiones tan profundas. Por eso durante mucho tiempo nuestra labor consistió en escuchar y sacar conclusiones. Pero aquella noche en el Malecón de La Habana descubrí que no me había equivocado. A David le sobraba capacidad para hacer juicios certeros y elaborar teorías sobre las cosas que pasaban a su alrededor. Tal vez por eso siempre fue el más admirado del grupo. Cuando todos llegábamos desde provincia con conceptos ideológicos, morales y sociales aprendidos como absolutos; cuando creíamos que la verdad era sólo una y que ya nos la habían contado; cuando nunca nos hubiéramos aventurado a sospechar de esa verdad, ya David disentía. Quizás no estaba tan seguro de que podría haber otra verdad pero que la dicha y aprendida fuera tan acabada, elaborada e impecable le provocaba un montón de sospechas.

- El pensamiento se entrena, no se domestica. – dijo un día en el balcón del aula, durante un receso que aprovechábamos para conocernos analizando nuestras preocupaciones.

Poco a poco todos fuimos dándonos cuenta de su genialidad y yo – creo – que lograba hacer mi primera reflexión inteligente y profunda de la vida que me esperaba: Su genialidad le va a traer problemas. Es demasiado brillante. Quiere ser transparente – me dije a mí mismo. Su maldita transparencia. Ese fue el error de su vida y lo pagó bien caro.