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En Primera Persona – Alvaro de Alvarez

martes, noviembre 09, 2010

UN CAPÍTULO INGRATO EN LA VIDA DEL INMIGRANTE


Nos cruzamos por última vez una noche a la salida del concierto de Caetano Veloso. Él caminaba por una calle de Santiago, como si no tuviera rumbo fijo.  Nos saludamos, nos preguntamos por nuestra vida, por las últimas cosas que habíamos hecho y, por la hora y la prisa, nos prometimos un próximo encuentro para un café.

Conocí a Onelio cuando yo cursaba el Séptimo Básico en la ESBU (Escuela Secundaria Básica Urbana) Combate de Soroa, del aún pinareño municipio de Pinar del Río. A un kilómetro aproximadamente de mi Secundaria estaba la ESBE de Barrancones, donde alumnos de mi mismo nivel de enseñanza recibían idéntica formación académica y política, pero de forma interna, interactuando con las labores agrícolas en aquella retorcida y lamentable forma de practicar un principio martiano.

Ambos éramos apenas unos niños, pero yo me enamoré de Nelys, su mejor amiga y compañera de aula. Ofició la más de las veces de intermediario para recados y cartas de amor. Coincidíamos en círculos de interés, en concursos de conocimiento y en el Palacio de Pioneros del pueblo. La vida quiso que Nelys y yo, dos o tres años después de aquel amorío, coincidiéramos en un grupo de Biología, en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) de Pinar del Río.  Onelio había desaparecido de nuestras vidas y quizás alguna vaga referencia recibí  alguna vez, tan vaga al punto de que mi último recuerdo de él databa del año 1987.

Quince años después, caminando un día por la tumultuosa y comercial calle Puente, del centro de la ciudad de Santiago, un negrito delgado y alto, con una enorme sonrisa y simpatía desbordante me detuvo en el camino. Alvarito, ¿cómo estás mi´jo? ¡Tanto tiempo! – dijo con alegría inusual para un encuentro callejero en las grises y serias calles de Chile.  Respondí con semejante entusiasmo, no porque lo hubiera reconocido sino porque tenía temor de que mi olvido fuera torpe con su emoción.  Y usé algunas técnicas y preguntas como para ir sacándole información y recordar quién diablos era aquel cubano que decía conocerme. ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Cuántos años hace que no nos veíamos? – hasta que su emoción sincera le dio por hablar y evocar aquellos años infantiles, cuando nos hicimos amigos con 10 años en la vida de cada uno.

Onelio –que de Jorge Cardoso no tenía nada, pero que de narrador hubiera sido superior al importante cuentista cubano- se había cambiado el nombre para que sonara más moderno, más “bonito”. Creo que nadie, de la larga lista de conocidos que hizo en sus años de andar, primero por Colombia y después por Chile,  debe conocer su verdadero nombre.  Coincidimos en algún local, en alguna fiesta, en la casa de algún amigo en común y no mucho más… el resto de las historias de su vida me llegaron siempre por boca de terceros.  Incluso, la noticia final…

¡Álvaro, Onelio (reemplazable por su nuevo y último nombre) murió! – si la noticia que recibí por teléfono ya era dramática, faltaba lo peor. Una amiga de él está intentando localizar a alguien que pueda llevarla a conectarse con un familiar. Hace más de un mes está el cuerpo  en el Servicio Médico Legal y nadie lo ha reclamado – continuaron los detalles.

Un cubano  que decidió aventurarse por el mundo  dejando atrás su pobreza provinciana podría ir a parar a una fosa común por la lejanía. Después de cierto tiempo, el cuerpo seguiría allí y no podría ser entregado a un amigo. Ese trámite sólo lo puede realizar un familiar.

El consulado cubano en Chile, esa suerte de Oficina de Propaganda de un sistema político, que hace cualquier cosa menos representar los intereses de sus ciudadanos actuó con total indiferencia y se limitó a dar valores para transportar el cadáver, en caso de que apareciera un familiar. Ya ha pasado otro mes, o quizás dos, y no he querido volver a preguntar. Pienso en Onelio y me entristezco por él, pero sobre todo porque su destino podría ser el de muchos otros que, buscando sus sueños, pueden poner punto final al camino en la más absoluta soledad. Y hasta temo porque ese capítulo pueda también ser el mío.


jueves, noviembre 04, 2010

DE CÓMO CUALQUIER COSA TE RECUERDA LA FAMILIA Y LA CIUDAD

Anoche estuve en un bar de Santiago. Don Rodrigo se llama y está incluido en las listas de las llamadas picadas de la capital chilena. Es el sitio a donde siempre voy para tomarme un pisco Sour, de los más sabrosos y de los más baratos (CH. $1.260 ahora/ hace unos meses sólo por $ 990). También por cercanía, a sólo dos cuadras de mi departamento en el Barrio de Bellas Artes, tan moda por estos días. 

Sin embargo, ni el típico trago chileno, ni las rebosantes empanadas de queso, ni las crujientes papas fritas de su menú son motivo para este recuento. El sitio me remonta en cada visita a esos lugares de décadas atrás. Don Rodrigo no tiene la estética vanguardista del hormigón y del ladrillo a medio terminar, ni los papeles murales que publicitan en Vivienda y Decoración. El lugar conserva el encanto de sus maderas caobas, de sus vidrios cubriendo columnas cuadradas y de la tela para acolchonar paredes. 

Los mozos que atienden están entrados en años. Pertenecen, tal vez, a la escuela gastronómica de los 50. Llevan humita al cuello como parte del impecable uniforme blanco y negro, que al tocar la madrugada ya muestra los síntomas del exceso de humo (local para fumadores) y las arrugas en las largas mangas de tanta bandeja en brazos de 90 grados.

La música viene de la mano de boleros y canciones cebollas con pianista - intérprete en vivo. El señor de unos 70 años ha querido modernizarse y a veces desentona cuando salta del teclado tradicional al de un sintetizador que ha agregado. Más que algún salto por el cambio de sonido y de algunas carcajadas de quienes disfrutan el lugar no causa mayor problema. Al final se agradece tenerlo ahí, en directo, cantándonos como si fuéramos enamorados, aunque en realidad sean muy pocas las parejas que se ven.

El bar es colmado por jóvenes de distintas tendencias, vestimentas y gustos. Ese contraste con lo tradicional del lugar y su estética le dan un toque aún más interesante. El de la esquina pide un martini, un grupo de amigos ríen y toman cerveza importada, otros piden unas “chelas” de casa y yo repito con pisco sour. 

Mientras observo la vista se pierde y un amigo me reclama: ¿y tú en qué mundo andas? Reacciono, pero ya uno se ha acostumbrado a encontrar en el lugar ajeno del país adoptivo un rincón para acomodar las nostalgias del país donde nacimos. Estaba pensando en aquel local de comida china de la calle Infanta, en Centro Habana, donde mi abuelo hizo carrera gastronómica y, ya bastante viejo, mantenía impecable esa hospitalidad para atender a los comensales que iban por preferencia al restaurante How Yuen. 

Allí de niño conocí las servilletas que nunca existieron en la mesa de familia. Aprendí a comer con diversidad de cubiertos. Hice mis pataletas por más raciones de arroz frito. Allí conocí clientes fijos de mi abuelo, algunos famosos ya muertos, de los que se enorgullecía atender. Recuerdo particularmente a Carlos Paulín y Orlando Casín. 

En ese sitio de La Habana disfruté el andar constante de mi abuelo, entre la cocina y el salón, con sonrisa siempre en los labios, a pesar del cansancio que pueden producir 30 años de servicio. Anoche recordé también ese otro How Yuen, el que quedó a la vuelta de los peores años vividos en la década del 90. Cuando salía de la Universidad o del ICRT, caminaba por Infanta y entraba allí a comprar unas mentitas, por 5 pesos, y me sentaba a tomar una Tucola, mientras me miraba en los vidrios de antaño y recordaba esos asientos, en parejas de frente, forrados en vinil verde. Era añoranza por aquel sitio de la infancia. 

Anoche fue extraño, el bar Don Rodrigo me despertó el recuerdo de ese pequeño restaurante donde mi abuelo citaba a su amante y donde mi abuela lo descubrió una tarde en la que me llevó a comer. Años después entendí aquel caminar apresurado, bajando por la calle San Lázaro, de la mano de mi abuela, quien no dijo una palabra ante mi pregunta de por qué nos íbamos sin comer arroz frito. 

HOY RECIBÍ UNA NOTICIA

Hoy un primo me ha contado por Facebook que llegó bien a Miami. Me alegro por su suerte y por su fascinación ante el entorno que ha descubierto. Por algún minuto me imagino con el calor de sus grados Faraday y las olas de “beachs”… pero cualquier imaginación se rompe ante la siguiente frase: “Ayer hablé con tu tío Paco”. Y mi cuerpo, imagino que mandatado por la maestra mente y por la memoria de mis vísceras, no sabe cómo reaccionar. Me perturba la noticia aunque ya la esperaba. Y de repente mis recuerdos van atrás, mucho más atrás, a aquel tío ejemplo, al tío incansable luchador por lo justo, al tío ideólogo de la prole; al tío jefe de Departamento Ideológico de la Unión de Jóvenes Comunistas.

Y de momento la imagen de mi primo retrocede a la de aquel con la boca ensangrentada porque su padre, mi tío, le acababa de romper los díentes tras descubrirlo mascando un chicle de mal habido origen ideológico. Así era de combativo; las ideas y los sueños – incluso – por encima de la familia. Así se atragantó de tanta utopía hasta que el cansancio en la lucha no tuvo retribuciones. Y desertó… 

Mi tío ha llegado hace un mes a Miami, después de haber batallado hace años por su salida. Siempre legal… Fui testigo reciente de su empeño por dejar todo en orden, por no deberle nada al Estado que idolatró. Fui testigo de ese tío desvencijado de afectos y presentes que imaginó tan distinto cuando otrota hablada del futuro. 

Ese tío que levantó una y otra vez sus casitas en Pinar y La Habana, sin robarle nada a nadie, porque seguía creyendo en la limpieza del alma. Creo que tenía hasta cargo de conciencia. Pagó todas sus deudas. Fue a los bancos a aclarar los pagos de la olla arrocera y del televisor chino. Entregó sus bienes, porque siempre supo que no eran suyos. Y esperó pacientemente, revisando cada día la página web donde se publicaría su liberación final.

La liberación de sus propias culpas, de sus propias hazañas desvalorizadas con el tiempo. Y tomó un avión para llegar exactamente al mismo lugar desde donde, hace décadas, sus tíos esperaban para hablar con los familiares que quedaron en una Cuba que le lanzó huevos en turbas organizadas por jóvenes convencidos como él. ¿Mi tío vencido? 

Mi abuela guardaba en un cofré – no sé si con cierto orgullo o vergüenza – la plana del periódico Guerrillero donde mi tío posaba como el gran ideólogo de la juventud comunista. Tal vez lo ocultaba bajo llave por temor a que un retrato la descubriera en puntas de pies, caminando hacia el negro y viejo aparato de la Compañía Cubana de Teléfonos. Se adelantaba unos minutos al primer ring escandaloso, para que nadie despertara. Recuerdo los susurros de mis abuelos con sus hermanos idos, con 90 millas de distancia y 90 millones de emociones sin poder explicar. 

En aquel apartamento de la calle Salud, entre Oquendo y Marquéz González se susurraban los afectos para respetar lo que era más importante, los sueños de un hijo. Porque mis abuelos nunca le dieron una bofetada para alertarlo de que en pocos años le llegaría el arrepentimiento. 

Lo imagino consternado pidiéndole perdón a mi abuela en sus últimos días, que ha decidido velar con pasión de hijo, justo en el lugar hacia donde se enfilaban sus más encendidos discursos. 

Ella existe pero tengo que evitar que el Núcleo se entere de su nombre (incluso, tal vez sea Él)

Ella es una mujer cubana como otra cualquiera, aunque jamás se pudiera imaginar caminando por las calles de La Habana vestida de blanco y con una flor en la mano. Ella dice ser comunista, de hecho es una militante y siente orgullo por su núcleo y la cara de felicidad los días de reunión sólo se equipara como cuando tiene dólares en la cartera. Lo dice con orgullo y en voz alta. Quizás porque tiene la suerte de hablar en voz alta, sin exponerse a tumultos y golpes, a riñas callejeras y mítines organizados. 

Las únicas flores que parecen gustarle son esas plásticas, compradas por dos o tres dólares en cualquier tienda por divisas. No creo que le gusten las flores, nunca se lo he escuchado decir ni la he visto gastar un peso en comprar una rosa natural; tiene su apartamento capitalino lleno de ramitas plásticas.
¡Ah!, quizás sea importante antes de seguir decirles que ella ocupa un alto cargo administrativo en el país. Pero Ella ama el dólar y defiende hasta el último peso en las remesas mensuales que ciertos parientes envían desde el Norte, ese Norte que jura malicioso y organizado en contra del bien del ser humano, dispuesto a sepultar los sueños y a romper la gran obra de los abuelos comandantes. . 

Ella dice odiar el Norte. Lo asegura con pasión, jamás se irá del país donde nació. Debe ser reconfortante y hasta hermoso creer que su propio sueño es el sueño de otros y que no se contrapone con el sueño oficial, la única utopía posible. Más que hermoso creo que debe ser cómodo. Tiene la suerte de que puede soñar, o imaginar que sueña, sin que le extirpen, le omitan, le ignoren, le juzguen su sueño. 
La única pasión que tiene por el Norte son esos dos o tres billetes verdes, con héroes ajenos, que llegan a sus manos cada mes. La parte de su remesa la administra hasta con pasión de combatiente. No se cuestiona de donde llegaron, si proceden de la mafia, de la droga, de la explotación o de las utilidades del injusto capital. Ella es paradójicamente feliz, una vez al mes, con ese mismo Norte que dice odiar los restantes 29 o 30 días. 

La he visto planificándose sus pequeños gustos, después de cubrir alguna necesidad básica. Ella ama la malta. En mis días de visita estuvo triste porque pudiendo tomar maltas todos los días, la dichosa y típica bebida amarga estuvo en falta en Cuba todo el mes, por escasez de envase metálico. Pero Ella no protestaba. Estaba consciente de que si no había no era por ineficiencia del Estado sino por el injusto bloqueo que seguramente prohibió alguna importante importación de aluminio para latas. No lo sabe a ciencia cierta, pero ese es el argumento que puede dar, si yo oso al menos cuestionar tal falta.

Ella come carne de res pero sabe que está prohibido. Ella la come aún sabiendo que es robada, pero delante de ella no se puede decir de dónde salió. Su origen cuanto más inexplicable le provoca una mejor digestión. Si alguien dijera que esa carne fue robada de una escuela cercana y comprada en bolsa negra por su hijo ella gritaría y no la comería, al menos delante de la familia. Volvería en su auto administrativo al mediodía, cuando nadie esté en casa, a comerse el bistec que le pertenece, porque también a los militantes les gusta comerse su pedacito de carne. 

Ella ha exigido discrecionalidad absoluta en la conversación de temas políticos y de actualidad porque jura que el chofer de su esposo es un agente de la seguridad. Y entre ellos parecen vigilarse, esconderse y cuidarse. 

Ella jura que vive libre, pero habla bajo en su propia casa por miedo al vecino, que nunca se sabe quién es y a quien informa. La libertad para ella es hablar en voz baja. Nadie se mete en tu casa para obligarte a gritar lo que piensas. ¿Quieres mayor libertad? Ella aprendió a vivir vigilada y cree que es el estado natural de vida. Y hasta hilvana discursos para defender su vida sitiada.

NADIE MEJOR QUE LAS MADRES PARA CAMBIAR LA HISTORIA DE SUS HIJOS

Ayer vi a las madres de la Agrupación de Detenidos Desaparecidos de Chile subir las escaleras del Patio de los Naranjos, en el Palacio de La Moneda, el mismo lugar desde donde se decretó la desaparición, humillación, violación y muerte de sus hijos y nietos. Con la vehemencia de hace 30 años y como si el tiempo no las cansaran, estas madres subieron los escalones con la frente en alto y con el recuerdo de sus familiares en el cuello; y con esa misma dignidad bajaron y le hablaron al país.

Algo más de una hora de poder en sus narices, dos o tres insuficientes compromisos presidenciales y ciertas repetidas palabras de discurso no logran marearlas ni comprarles el silencio. Estas madres, a pesar de protocolos y “gestos” siguen exigiendo que los militares digan lo que saben, confiesen a dónde tiraron los cuerpos de sus seres queridos; pidiendo que no se puedan amnistiar a los que aún vive y violaron reiteradamente los derechos humanos en nombre del mismo estado. “No estamos satisfechas con la reunión”, “Para nosotras no es fácil conversar con el Presidente de un sector que violó reiteradamente los derechos humanos en el país” – dijeron sin que se les arrugara una ceja.

Viendo las noticias reflexioné: ¡Qué fuerte es el poder de las madres! Y pensé en esas otras de la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, o en esas Damas vestidas de Blanco, en La Habana. Aunque pase el tiempo, las “ametrallen” con las maquinarias de sus Estados ellas no desmayan. Y siguen… quizás sólo el amor de madre pueda cambiar definitivamente la historia. 

10 años en Chile: ¿y he sido feliz?

Uno no emigra para buscar la felicidad. Sería un objetivo demasiado ingenuo. Cuando salimos de nuestros países lo hacemos, por lo general, ya adultos con capacidad como para analizar y, finalmente, tomar una decisión tan drástica como cambiarse de casa, de vecindad, de ciudad, de sociedad, de cultura, de clima, de sistema económico,.. Cuando emigramos ya hemos vivido, nos hemos caído varias veces y vuelto a levantar; ya hemos aprendido que la felicidad no es un estado peremne y, por tanto, no nos vamos para encontrárnosla en otro lugar dispuesta a recibirnos y acompañarnos eternamente.

Nos vamos para ayudar a nuestras familias y para ayudarnos nosotros mismos a hacer menos cíclico, lo más estable posible, ese estado momentáneo. O para alargarlo cuando se nos aparezca una sonrisa, una personas que nos la provoque, una ciudad que nos evoque, un libro prohibido que nos libere, una canción que nos ate, un político que nos haga cambiar la mirada, un pan que nos alcance, un pantalón que no haya que mendigar, una enfermedad que curar, un dolor que superar, una militancia que no sea impuesta, una opinión que sea escuchada, un debate que sea autorizado, un sueño que nos ayude a ir tranquilos a la cama y despertar con la convicción de que depende de nosotros y que las vallas que tengamos que saltar son las que nos hemos impuesto y no aquellas decretadas por quienes, equivocada o utópicamente, nos arrendaron la felicidad.

HISTORIAS DE PRIMOS… la familia que se escapó gota a gota

Hace algunos días el single promocional Puente del nuevo disco de Ricardo Arjona, Poquita Fe, me dejó emocionalmente triste. De todas las frases con las que retrata el drama de la familia cubana, una – particularmente – quedó retumbando con ritmo y melodía en mis tímpanos. Camino por las calles y ajenas y tarareo: “… y para que los primos puedan correr a abrazarse”.

Junto a las palabras del cantor, los saludos y reencuentros que a diario produce el nuevo networking de las redes sociales, me ha dejado impactado por la manera en que, gota a gota, se me escaparon los primos por las cañerías de la política; ellos, incluido yo,  se aventuraron por cualquier forma a rehacer sus vidas sacrificando el recuerdo familiar, las experiencias hermosas o no que nos unieron y los lazos que no siempre se pueden mantener intactos…

Los primeros
Nací en 1973 cuando ya varios de los primos de mis padres habían dicho adiós sin avisar, ante el temor de discursos y marchas que no le conquistaron ni el corazón ni el futuro. Tenían el derecho e hicieron uso de él. De niño, me recuerdo como parte del pueblo combatiente gritando consignas contra mi propia familia y mis propios amigos de escuela y de barrio.

Mi prima Yunaiquis
A menos de 100 kilómetros de allí, en La Habana, una prima de mis mismos escasos años se preparaba para partir. Recuerdo el día antes, sin saber que sería el día antes de su partida. Ella y yo mirábamos Toqui en un televisor blanco y negro de su apartamento en Centro Habana.

No puedo asegurar que ella lo haya percibido, pero yo escuchaba cómo se libraban peleas, delatadas en algunos sollozos que superaban el nivel acordado para hacer más normal la despedida. Mi prima – a quien jamás he vuelto a ver ni he encontrado en facebook – miraba los muñequitos mientras madre y padre se separaban para siempre. Él creía en los uniformes y en los niños que soñaban ser como el Ché. Ella, la hermosa Juanita, quería seguir a sus padres. Yunaiki salió por el puerto del Mariel para nunca más ver al papá a quien vi llorar como pocos, desde la ingenuidad de mi infancia. En 1992 cuando mi abuela viajó por primera vez a Miami, a ver a sus hermanos, después de 30 años, trajo fotos y una carta que Yunaiquis escribió escondida para su padre. No puse mucha atención porque no quería revivir la pena que no se me ha borrado. Aquel padre 12 años después lloraba viendo las fotos de los 15 de su hija, y leyendo una carta sobre cuyo contenido no pregunté.

El primo cuyo nombre no recuerdo
Tía Santa vivía en la calle Empedrado, cerca de la bodeguita del medio. Más que por los adoquines, me fascinaba que me llevaran de visita para poder subir aquellos escalones de mármol, al mejor estilo de las grandes residencias habaneras, agarrándome de un grueso cordel que desde el segundo piso abría las pesadas puertas del edificio. A Santa y tío Castor se les murió su único hijo, médico. Ellos dedicaron sus años a criar al nieto. Ni recuerdo cómo se llamaba mi primo… También se lo llevaron; nunca más supe de él. Los tíos – creo - murieron en algún asilo de Estados Unidos.

Los primos Álvarez
Mayito y Juan Carlos eran primos con onda. Los recuerdo alegres en su vida de juventud capitalina. Vivían en El Cotorro y junto a los tíos Basilisa y Mario crecieron… La década de los noventa junto con la vejez que amenazaba todos los días un poco más ellos le abrieron a parte de su familia el camino de ida, donde no hubo regresos.  Mis primos Álvarez viven, también a 90 millas, y las noticias acerca de ellos son dispersas y llegan por bocas de terceros.

Jesusito
Mi tío Jesús tuvo su segundo hijo que tal como el primero – Marisol – fue el encanto de mis abuelos paternos. Recuerdo a Jesusito, chico, jugando en una hermosa casa de dos pisos, también en El Cotorro. Hace poco me reencontré con mi tío en La Habana y le pedí que me contara del niño que ya no es niño. Lo he encontrado por Facebook y un saludó bastó. Habla inglés, me imagino que tiene otras urgencias y que no sabe quién soy.

Janet
Janet y Henryto eran de esos primos diferentes a los del día a día…  Creo que eso los hacía más especiales. Eran nietos de mi Tía Nina, una señora de cuya dulzura y encanto nunca me pude deshacer. Era como mi abuela. Ambas se amaban y creo que hasta se traspasaban ese amor por los nietos.

Después de más de 10 años, Janet ha aparecido en mi facebook. Y se me erizaron los pelos. Era mi prima, quizás, más hermosa. Poco locuaz y algo tímida – así la recuerdo, pero con una ternura que se le escapaba en el acento. Esas horas que compartimos por años, en cada temporada de vacaciones, se me quedaron ancladas. Su sonrisa, su hermoso pelo largo; era alta, elegante… y su padre la cuidaba porque era el encanto de todos. Nunca olvido nuestra primera salida juntos. Fue a la ciudad Deportiva, a un CirCuba de finales de los 80. Niña habanera y hermosa.

Poco a poco fueron emigrando. Toda la familia vive hoy donde está “esa tía que se fue de paseo”, como le llamó Arjona a la Península de La florida.

Ulises y Dariel
Nos criamos juntos. Entre nuestras casas, abiertas por la puerta de adelante y de atrás, no había más de un metro de distancia. Ulises fue el mayor. Dariel vinos después y aunque yo era un niño recuerdo el día en que Martha, la tía, tuvo dolores de parto y Dariel se sumó al listado de los primos de aquel barrio de Bayate. Vivimos la niñez prácticamente juntos. A Ulises, con su primer hijo y esposa, le llegó el bombo – esa suerte de sorteo de la vida que tantos cientos sueñan en silencio. Vive en Miami junto a su familia y nos comunicamos siempre por facebook. Dariel trabaja día y noche y no tienen aún tiempo para sentarse en un computador. Me dijo por teléfono que ni siquiera “sabe cómo funciona esa cosa”. Los años de querer salir adelante desde aquel terraplén provinciano le han juntado todas las ganas y aprovecha el tiempo en construirse un mejor futuro del que le prometieron. Ayer revelé un rollo de hace 20 años y estamos los tres juntos, posando en las casas de entonces. Volví a recordar esos años en los que la vida eran tan diferente.

El Wachy
Vivimos en Candelaria, el mismo pueblo pinareño del que nos despedimos un día. Yo antes que él. En mi primera visita, fui a su casa y el primo ya vivía en Perú, en mi mismo vecindario de la América del Sur. Habíamos cambiado Bayate por Sudamérica. Como siempre ocurre, ni quiera lo escogimos; fue lo que llegó. Hace algunos meses mi primo me escribió desde Miami. Ha cruzado la frontera con México y vive la felicidad de ir reencontrándose poco a poco con tanta gente que se nos salió del camino.

Yusbelito
No puedo decirle Yusbel, porque lo sigo viendo un niño. Es de los primos más jóvenes. Lo vi hace un año en La Habana, pero hoy está también en la Florida, el destino.

Los primos de antes y los de ahora. Todos coinciden en buscar su felicidad lejos de lo que más aman. No les importaron los discursos, las promesas, los temores, los agradecimientos… algunos llevados por sus padres y otros por sus propios pies, todos quisieron que el futuro dependiera de ellos y decidieron darle la cara en el lugar donde prometieron que se podía intentar.

VILMA ESPÍN, LOS BAÑOS DEL ICRT Y EL DESODORANTE AMBIENTAL

A mis sesudos amigos amantes de la semiótica, a los seguidores del correo de bruj@s con sonrisa de amigos, a los teóricos que se tropiecen de casualidad con esta crónica quiero advertir que la vinculación de Vilma con los baños del  ICRT es sólo por la esencia de la historia que me dispongo a narrar. Cualquier relación de excrementos, defecación, mal olor, putrefacción… con las figuras de la revolución sería antojadiza en la mente necesitada de los millones que viven a la casa de lecturas prohibidas en un país de lecturas autorizadas. ¡Si les parece comienzo el cuento¡

Ubicación temporal: primero de enero -¡otra casualidad!- del año 1998. Ubicación espacial: estudios de Radio Rebelde, piso cuatro del edificio del Instituto Cubano de Radio y Televisión, ICRT. Para los nostálgicos, edificio CMQ. ¡Ojo, que un cambio de siglas oculta algo menos inofensivo¡

Como buen aniversario de la Revolución Cubanas las  matracas y petacas se preparaban para el recuento de la historia repetida casi 50 veces idéntica. Quisimos hacer algo distinto – aunque en realidad nunca iba a ser tan distinto – e invitamos al programa Haciendo Radio de la emisora a Vilma Espín. Teníamos la intención de conversar con ella, de forma coloquial, acerca de los acontecimientos que protagonizó previo al primero de enero de 1959 y un poco de cháchara acerca de su labor fundacional en la Federación de Mujeres Cubanas.

Desde temprano, esperábamos a la Primera Dama, título nunca mencionado oficialmente pero asumido desde siempre y – para los medios – comprobado tras la activa participación de la Presidenta de la FMC en cierta reunión Cumbre de las Primeras Damas, efectuada Beijing, China. Vilma llegó a Radio Rebelde pasados unos minutos después de las 8 de la mañana. La acompañaba una secretaria. Quizás en los bajos del edificio había más personal de seguridad, pero a la emisora llegó sólo con la compañía de una asistente.

Pasó invicta – me imagino – por el pasillo principal que comunicaba el hall del piso cuarto con la cabina principal de transmisiones. Ese día los baños, ubicados justo a la entrada,  estaban limpios. No se percibía fetidez alguna y por algún momento soñé con que Vilma fuera todos los días a la radio, aunque todos los días debiera contar lo mismo.

Debo decir que la entrevista fue amena. Al menos eso me pareció entonces. Sería poco sincero decir lo contrario. La recuerdo agradable, muy coloquial, con gestos y preocupaciones de madre y abuela de familia. Fue respetuosa de los tiempos de la radio, de las señales, de los silencios… Pero lo que menos me importa en esta historia  son los contenidos, las preguntas o las respuestas de la ocasión. Me importa, sobremanera, volver al buen olor que ese día había en la radio.

Creo que los malos olores me dejaron traumatizado desde niño; quizás ello me motivó a escribir el cuento “La maldita circunstancia de la mierda por todas partes” -robándole el agua a cierto verso de Virgilio Piñera- que un amigo actor cubano adaptara para el teatro, en Santiago de Chile.

Si encontrarse con unos baños bien olientes ya era un regalo en mi vida, ese día tuve dos obsequios. Los cubanos hemos vivido en una rutina que nos ha entrenado a preparar nuestras casas cuando hay invitados, ante la imposibilidad de tenerla alistada siempre. Al mejor estilo de una inspección, o evaluación para la emulación cualquiera, ese día la visita de la señora Espín tendría segunda parte.
En la oficina de la Dirección General de Radio Rebelde se había preparado un cóctel para agasajar a la esposa de Raúl Castro. Allí esperaba el Director General de la radio, el Secretario General del núcleo del Partido Comunista, el Presidente del Sindicato y el Director de Información. Al término del programa, nos uniríamos parte del equipo de Haciendo Radio y la invitada.

Cada mañana terminábamos esas cuatro horas ininterrumpidas de noticas oficiales con un hambre atroz. Recuerdo mi ansiedad para llegar a la Dirección y tomar café, algún rico dulce o un refresco con gas. Pero justo a la entrada… algo cambiaría el curso de lo planificado.
Abrimos la puerta, que tenía brazo para cierre automático, y cortésmente invitamos a Vilma para que fuera la primera en entrar, cuando de repente… empezó a estornudar y salió corriendo. ¿Le sucedió algo? – preguntamos casi en coro. Algunos más “amorosos” insistieron: ¿Está bien? ¿Necesita algo?...

¡Me voy, me voy…! – repetía Vilma Espín, quien más calmada pero con fuerza aclaró: ¡Soy alérgica, ese olor me hace daño¡ ¡Gracias, gracias, pero me voy! – nadie volvió a insistir y la acompañamos a la puerta del ascensor.

Temeroso de que algún mal olor se fuera a meter en la Dirección General, alguien disparó un desodorante ambiental  en la oficina con aire acondicionado. Respiro, incluso, y siento el olor a frutilla incrustado en mis fosas nasales.

Así terminó la ilustre visita y nosotros, sin protocolo que cuidar, pudimos comer todo lo que había en la mesa, en el mejor desayuno que recuerdo durante mis madrugadas radiofónicas en Cuba. Y me quedó cayendo mejor aún la visita de Vilma a Radio Rebelde. La adoré y me reí de la manera tan simple y normal con la que se deshizo del circo preparado para recibir a una Visita de la Nación.

ARTEMISA ME PENA O LA PENA DE ARTEMISA

Antes que las balsas y los mares
fueron las bicicletas y las guardarrayas

Cual diosa, Artemisa-Pueblo llora de pena y se pregunta cómo hacerlo, cómo renacer en ciudad y crecer hasta Artemisa-Capital. Ciudad de apariencia bombardeada. ¡Ni más ni menos que otras! – será la conclusión para no amilanarse. Tendrá que pensar en lo que durante un tiempo fue para soñar con ser. Hoy Artemisa-Ruina es una pena que crece en el recuerdo de Angerona y de sus casi 50 cafetales idos, en sus ingenios cerrados y su Andorra (Abraham Lincoln) a medio abrir con azúcar de caña sin refinar, en sus cañaverales desfallecidos, en sus platanales tirados por ciclones.

¡Ay, Artemisa¡ Siempre tan cerca y siempre tan lejos. Enferma de fábulas, con una narrativa reducida a gestas y con discursos que fragmentaron la historia en busca del poderoso aplauso entre los caminantes de la llamada Villa Roja. Un Mausoleo parece ser lo único vivo y que en silencio o en susurro se pregunta por la sangre de los 17 muertos de aquellos 28 que se fueron a la pelea del Oriente. Pero el Mausoleo adorado no es capítulo único. Mucho antes, Artemisa dio tierra para las cabalgatas de Antonio Maceo y sus machetazos de independencia, a lo largo de la Trocha Mariel-Majana. ¿Habrá que recriminarle tal vez que celebró su primer Ayuntamiento un primero de enero?,… pero de 1879?

Artemisa avergonzada, embriagada de antigua prosperidad y economías de café y azúcar se pregunta ¿y ahora quién soy? Prostituida en divisiones administrativas y, quizás, cansada de caprichos políticos de moda, esta Artemisa-Hierba vuelve a detener la veleta ante la noticia de la Asamblea “Moderna”. Pinareña de historia, habanera de revolución, se restituye en sí misma y ahora el premio por tanto vandalismo geográfico es que Artemisa será de Artemisa. Tras tanta vida y tanto tropiezo le llegó la hora de sepultarse en sí misma.

Ya no tendrá periódicos para contarse, para escribirse y borrarse, para archivarse… O quizás tenga que nacer uno – uno oficial – para contar las hazañas que se esperan ante un Habanero-Periódico que no tiene proyecto de vida. El auge de la imprenta le regaló a la ciudad revistas como Proa y Artemisa y diarios como el Ideal, La Libertad, El Combate, Reforma o Villa Roja. Hoy acaso llegará uno con el espíritu combativo en el membrete de la primera plana.

Pero de la poesía Artemisa obliga a la cruda historia; esa que se omite y se extirpa, con la falaz intensión de que se olvide su verdadero dolor. Dolor y memoria para contar otro día porque Artemisa, sin ser mi pueblo, fue nombrada en mi vida desde el nacimiento quizás. Sinónimo de comer, vestirse, pasear, viajar; incluso, de delinquir.

LA PUNZADA DEL GUAJIRO Y LOS BATIDOS DE ARTEMISA


Cuando la memoria se enfría, se enfría tanto, se me aparece ella en el recuerdo. Cuando el sur tropieza con el calor de desiertos, valles y cerros me acuerdo de Artemisa.  Cuando encuentro un peruano mezclando frutas con hielo frapé en las ajenas calles de Santiago de Chile me acuerdo de Artemisa. Cuando de domingo en tarde camino los locales del viejo Parque  Forestal y refresco el andar con una fruta licuada con leche me acuerdo de Artemisa. Cuando entro a un supermercado o voy a La Vega Central  y los canastos de plátanos se hacen interminables me acuerdo de Artemisa.  Cuando un día cualquiera de verano, tras el cansancio y el calor de la jornada, llego a casa  y abro el refrigerador, lleno un tazón de hielos y echo una bebida cualquiera me acuerdo de Artemisa, porque… ¡ay, ay¡… la punzada del guajiro.

Ninguna punzada del guajiro –término desconocido en Chile- fue tan real y auténtica como aquellas que se sintieron, de pie, frente a una mesa hedionda, mantecosa y llena de moscas, en Los Batidos de Artemisa.  Recuerdo ese lugar de esquina, que trató de ser emulado en cualquier pueblo, pero que en ninguno resistió los embates de la pésima economía como en Artemisa.  

La ciudad de Artemisa siempre fue como una casa con patio trasero donde crecía la huerta que, a pesar de las crisis, parían algún que otro fruto para alimentar a los moradores.  Los artemiseños tuvieron casi siempre sus platanales para apuntalar la crisis con un dulce batido y mucho hielo molido.

Hago memoria y me descubro de niño, metiendo la cabeza por el hoyo rectangular que separaba el área de atención y consumo del espacio donde se preparaba el famoso jugo con leche. Recuerdo las batidoras. Eran rudas y de metal, pero domésticas. Nada allá dentro parecía ser industrial. Quizás esa escala humana de fabricar los batidos lo hicieron tan ricos como los de la mamá, a pesar de la falta de higiene… De niño, veía batallones de moscas acechando las frutas y el mesón de granito gris donde iba a parar el líquido que se desbordaba ante la aceleración de las cuchillas moledoras.

Los plátanos le dieron a Artemisa su historia menos épica;  aquella del folclor y del deseo, aquella que se construye sobre lo cotidiano y lo doméstico, sobre el hacer con lo que hay, el entregar con lo que se puede.

En los años de la crisis, en los tiempos aquellos de no existir nada, Los Batidos de Artemisa cerraron durante un tiempo, pero volvieron a la pelea para que la década del noventa no quedara huérfana de plátanos. Huérfana sería de leche. Pero con plátano, hielo y una vieja batidora les devolvieron a los guajiros sus punzadas. A ratos con agua, en ocasiones con casi leche.

A pesar de las imágenes recurrentes en los noticieros cubanos de platanales en el piso, Artemisa siempre se las ingenió para despertar sus platanales, tras cada tormenta. Quizás por eso no habría metáfora mejor para Artemisa que emparentarla con una planta de plátanos. Sentimental. Ciudad sentimental, porque siempre he creído que el árbol del plátano es más sentimental que el sauce… En cada doblegarse se resiste, pelea cada caída al suelo, porque en el desmayo de su tronco grueso pero fácil defiende de la tierra sucia y de las aguas de temporada el racimo de sus hijos sin crecer.

EL LADRÓN DE JOYAS, LA POLICÍA EQUIVOCADA Y EL PREMIO DE LA OCA.

Un amigo periodista que ejerce su oficio en La Habana y que trata de hacerlo con la mayor dignidad, como casi todos los que practicamos el periodismo alguna vez en los medios oficiales de nuestro país, me ha contado que casi se lo llevan preso, junto a su fotógrafo y chofer. Las rutinas productivas, la censura y la autocensura del entorno significaron para algunos colegas un desafío diario y estoy seguro que gracias a las limitaciones muchas veces logramos productos comunicativos novedosos en la forma y en la técnica, para enmascarar el no poder decir más.

Mi amigo y su equipo estaban haciendo un reportaje acerca el mal funcionamiento de los cajeros automáticos de Ciudad de La Habana. Los funcionarios del banco asustados llamaron a la policía, denunciando a los intrusos. El hecho anecdótico deja al descubierto la realidad en el ejercicio del periodismo. Nadie podía creer que la prensa cubana estuviera preocupada de un problema “doméstico” cuando tareas productivas y políticas saturan las agendas de los medios locales, sacrificando los hechos del día a día y a los protagonistas “de a pie”.

La historia me llegaba desde el mismo entorno donde yo y la policía tuvimos una relación – por calificarla de manera sencilla – poco amistosa. De esa falta de empatía, hay dos episodios que marcaron mi percepción acerca de los “agentes” cubanos. Una de ellas no podría contarla aún hoy, a pesar de que ha pasado más de una década. La otra es tan vergonzosa para la institución como para mí, pero al mismo tiempo una escena especial y dramáticamente simpática.
Bruno había sido el mayordomo de un hermoso departamento ubicado en el cuarto piso de un edificio de la calle 21, entre L y M, justo detrás del Instituto Cubano de Radio y Televisión, ICRT.

En los años 50 fue el encargado de atender a muchos jóvenes intelectuales que llegaron a aquel departamento a vivir arrendados, mientras se hacían escritores, artistas o cineastas. Uno de aquellos jóvenes que comió y albergó en el departamento, durante muchos años, fue el fallecido cineasta cubano Octavio Cortázar. Cuando la Revolución llegó al mercado inmobiliario, Bruno saltó de una pata – era manco, pero pies tenía dos -, porque recibió en premio aquel “tremendo caserón”, ubicado en el apetecible barrio de El Vedado. Las simpatías y – cuentan - el enamoramiento oculto y no correspondido que tuvo Bruno hacia el que fuera esposo de la reconocida primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba, Loipa Araujo, hizo que designara como copropietario a aquel joven que llegó a ser un gran profesor de cine y a dirigir películas como El Brigadista y Guardafronteras.

Mi amiga locutora de radio, Mercedes Cedeño, natural de Cienfuegos, llegó a La Habana para vivir en la casa del “tío Bruno”. Ahí comenzó la historia por el litigio del inmueble. Mientras la pelea iba y venía pasé días, tardes y noches enteras en aquel departamento donde hubo de todo: alegrías, amoríos, desengaños, traiciones, amistades que aún duran, cultura, radio, literatura… y, por supuesto, el comidillo y chisme que siempre ha reinado en nuestro medio, tan carente de vías de expresión. Me imagino que esa es la razón de tantas jornadas “canalizando” la información del ICRT.
Una mañana, cuando salí de la reunión de pauta del programa Haciendo Radio que conducía en Radio Rebelde, decidí pasar al departamento Cedeño-Cortázar. Fue una visita breve, porque debía llegar rápido a mi casa, en el municipio 10 de Octubre, en una guagua-camón (o camello), ya que mi madre y hermana habían venido desde el campo para que yo las llevara a una casa particular en Rancho Boyeros, donde había sacado turno para que mi hermana tuviera su sesión fotográfica de “Los Quince”, con trajes, lentejuelas, flores, espejos y muebles decorativos.

Al salir del departamento de Mercedes-Octavio me dirigí a la enorme cola del entonces M-6, el camello que provocaba manifestaciones de frustrados pasajeros en la céntrica esquina de L y 21. Vi algún corretaje extraño en la cuadra, pero no le presté atención, porque venía “el monstruo” y no lo podía perder. Mi madre esperaba ansiosa. Subí al camello y me senté en la parte de atrás, ahí donde los motores de “el monstruo” hacía de la suya con tu trasero, entre vapor y saltos provocados por los hoyos que adornan las calles y avenidas habaneras.

En el camino todo iba bien. Miré el reloj y pensé: “voy justo, llegaré a tiempo”. Pero, cerrándose las puertas en la parada de la calle San Lázaro escucho el sonido imparable de las balizas de dos patrullas de policías. Veo pasar una por los vidrios laterales y el camello frena bruscamente. Otra, se le había atravesado en la calle para obligar la detención de la guagua-camión. ¡Está ahí, está ahí¡ - gritaban dos o tres uniformados, al tiempo que subieron y corrieron por el pasillo del camello que a esa hora – cerca de las 11:00 de la mañana – iba sin pasajeros de pie. Toda una delicia. Si se trataba de viajar en el transporte público del país.

Llegaron frente a mí. Un señor vestido de civil me apuntó con dedo acusador y dijo: “Es él”. Entre dos policías me tomaron por la fuerza, me zarandearon como quisieron, mientras yo, sin entender nada, comencé a reírme y a preguntar: “¿pero qué pasó?” No sé si me reía de miedo o de vergüenza por la mirada inquisidora de todos los que compartían mi viaje. La manada se sumó al bullicio y empezaron unos a gritar y otros a reírse. “¡Delincuente, delincuente!” – era el grito que más recuerdo. Los policías me pusieron las esposas. Descendí atado desde el camello y fui conducido a una de las patrullas.

Era mi primera experiencia al interior de un carro de policía. La parte de atrás estaba separada del chofer y del copiloto por un vidrio irrompible. Pero no era aislante. Yo preguntaba, “¿pero señores me pueden explicar qué pasa?”... pero no podía dejar de reírme. Los policías rabiaban con cada carcajada mía. Uno de ellos me replicó: “¡cuando llegues al cuartel ahí te vas a reír¡ Era un uniformado  de acento oriental que juraba había hecho la mañana conmigo. Quizás hasta soñó un ascenso o imaginó que le darían un cuartito en La Habana por el éxito en la operación que concluía con mi exitoso apresamiento.

Detrás de “mi patrulla”, nos custodiaba el otro carro policial. Pensé que iríamos directo al cuartel, pero mi sorpresa fue MAYÚSCULA cuando descubrí que me llevaban de vuelta a la calle 21, entre L y M. Entonces creí adivinar parte de la confusión. Los policías detuvieron el auto frente a un tumulto enardecido, mientras me halaron a la calle esposado. Uno de ellos, orondo (se le notaba la satisfacción por la tarea cumplida) se dirige a una señora y le dice: ¡aquí lo tenemos¡ Quería seguir su arenga pero la señora lo interrumpió con un grito: “Ese no es”.

“Él es Álvaro de Álvarez, el periodista de Radio Rebelde” – dijo una vecina que nos conocía a Mercedes y a mí. Cuando aquellos policías escucharon el nombre de Radio Rebelde palidecieron. Recuerdo cómo el rostro de uno de ellos se desfiguró, el mismo que me tomó por el codo, retiró las esposas y me invitó a caminar unos pasos más allá del grupo reunido, para bajar la guardia y suplicar ser disculpado.

Volví donde la gente les gritaba a los agentes del “desorden” y reclamaba que mientras me apresaron a mí el ladrón, que arrebató a la señora una cadena de oro, huía con el botín y la satisfacción de haber burlado la policía. Estúpidos – repetía la víctima mientras lloraba, no sé si del susto o por la pérdida de la joya. El hombre que me había acusado era un señor que sentado en la vereda, vio cuando yo bajé del edificio y corrí hacia el camello. Pensó que la justificación de mi carrera era el robo de la cadena y no mi negación a perder el transporte. El señor-testigo se escurrió, me imagino que también avergonzado, y nunca más lo vi.

Había llegado mi turno. Exigí que me condujeran al cuartel. Aquellos policías – hoy hasta me dan pena – rogaron infructuosamente que desistiera de tal petición, pero firme les dije que me llevaban ellos o iba yo. Subí a la perseguidora, como si le hubiera tomado el gustito a sentirme delincuente por un rato, y me acarrearon al cuartel policial, ubicado en N y Malecón, detrás de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. En el trayecto, aquellos intransigentes policías se habían convertido en unos niños llorones, pidiendo perdón, perdón, perdón… No hacían falta palabras para darse cuenta que, a pesar del intento, no tendrían ni cuartito nuevo ni rango superior. Y hasta les creí su arrepentimiento.

Llegamos a la estación. Ahí pedí hablar con el jefe. Nunca pude solicitar al capitán o sargento o teniente, porque jamás en mi vida he sabido ni sus rangos jerárquicos ni identificar las charreteras que llevan. ¡Me fueron siempre tan indiferentes…¡  Me aprendí las del Comandante por razones tan lógicas como inexplicables. Por lo mismo insistía en ser recibido por el jefe

Ahí me pude dar cuenta que, a pesar del divorcio entre la cotidianeidad cubana y su prensa, la memoria colectiva aún reconoce la importancia de la palabraperiodista que, mezclada con Rebelde, parecía un explosivo que todos debían detener. O quizás me equivocaba en mi rápido análisis y el respeto venía por el código “compartido” entre “soldados”.
El jefe fue tan amable que prometió sanciones a sus policías. Me ofreció reparar el incidente de cualquier manera, siempre a cambio de que en la mañana siguiente yo no abriera la boca frente a los micrófonos de Radio Rebelde para contar la historia. No sé si lo sabían o ya habían probado del dulce, pero Haciendo Radio era monitoreado diariamente en el Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista.  Y tras cada crítica, les llegaba al afectado un tirón de orejas que parecía no ser simple, por eso de que la cadena siempre se rompe por el eslabón más débil.

En esos años yo me había ganada la animadversión de algunas estructuras medias por mis comentarios y crónicas de la vida diaria. Estructuras medias – repito, y no es necesario explicar los límites de la crítica permitida. Algunos de esos incidentes prometo ir contándolos poco a poco. Como aquella relación “maternal” que surgió entre Barbarita, la ex ministra de la Industria Básica y yo. Aún hoy guardo una camisa “bacteria” que recibí como regalo de ella.
Le quedó claro al jerarca policial que yo contaría lo que pasó.

Por si no hubiera sido suficiente tanto carro de policía, recordé que mi madre y mi hermana estarían desesperadas. El uniformado ofreció llevarme de urgencia a 10 de Octubre, recoger a mi familia y llegar a tiempo a la hora de las fotos de Quinces de mi hermana menor. Acepté la primera parte del trayecto y cómodamente, pero esta vez de copiloto del jefe de la estación de policía, llegué a “Jesús del Monte”, esquina Lacret. No quise darle a mi familia la experiencia de viajar en una perseguidora. Otro camello nos llevaría a tiempo a la casa de los sueños.

A la madrugada siguiente, entrando al ICRT, todos mis compañeros sabían lo ocurrido. Todos preguntaron y me “sugirieron” callar, porque “La Radio” tomaría el tema directamente. Un personaje, cuyo nombre ahora no voy a mencionar, no se despegó de mi lado durante todo el programa, y me concientizaba acerca de la necesidad de no dejar mal paradas a las fuerzas del orden interno, en momentos tan duros del país. Él se encargó personalmente de intervenir en el tema, y como en casi todos los temas en los que intervenía – quizás perdido en su obsesión por el poder y por reírle a quienes lo ostentan - nunca hubo respuestas de vuelta.

Contrario a lo que me había prometido, callé. Y lo hice en nombre de la sobrevivencia. Ese personaje tendría muchos defectos por los cuales siempre lo cuestioné, pero era un líder nato en conseguir pollos, costillar, bistecs y aves varias para los integrantes del equipo del programa en aquellos años de escases tormentosamente generalizada. La próxima semana repartirían una Oca por persona y yo no quería perder la mía.

HISTORIAS DE ARTEMISA: BALO Y LA RUTA 35

Balo era una tía abuela a quien los gusanos le quitaron el hipo. Balo nació con hipo y no hubo médico capaz de sanarla. Sería inexacto hablar ahora de diagnóstico o de enfermedad, porque jamás lo pregunté. Su problema en el aparato digestivo constituyó parte del folclor y el cariño  familiar. El hipo fue un detalle en su ya simpática personalidad. Era parte de ella y nadie se lo cuestionaba. Excepto, quizás, Carlitos, un primo a quien una meningitis infantil le dejó alterado su raciocinio a la máxima expresión; el loco querido de la familia y a quien también la muerte se lo llevó tan a destiempo que aún lo creemos vivo.

Recuerdo a Balo caminando por la carretera central rumbo a la casa de mis abuelos. Desde mucho antes de llegar, su hipo anunciaba la visita. Carlitos escuchaba el sonido y salía a recibirla. No había espacio de silencio. Entre hipo e hipo de Balo, Carlitos le respondía con un eructo más alto aún. Era una orquesta musical la que se formaba a la entrada de la casa.

Un día mi abuela fue hospitalizada en La Habana, donde la operarían de un cálculo en el riñón. Y en la comitiva para los horarios de la visita, Balo y su hipo eran infaltables.

Artemisa siempre fue el nexo entre La Habana y Pinar del Río. En Artemisa estaban las terminales de ómnibus que unían a unos y otros. La ruta 35 cubría el aún más occidental municipio de la provincia de La Habana y El Lido, en la Ciudad de La Habana. Por esos años, en Cuba existían las guaguas Checas, también llamados por nosotros Los Checos o Las Culonas. Jamás olvido sus asientos verdes, de un vinil brillante, sus pasamanos de aluminio semi oxidado, el calor acelerado por el humo que soltaba aquel monstruo verde y el ruido que se escuchada, tanto dentro como fuera de la guagua. Para cubrir el tramo Artemisa – El Lido colocaron unos Checos dobles.

Una noche, mientras retornábamos del hospital habanero mi abuelo prefirió la parte trasera, mientras que Balo pedía ir en la “guagua de adelante” porque la de atrás no tenía chofer. Con resignación y, a pesar del pavor que imaginaba viajar en un ómnibus sin aparente conductor,  aceptó subir en el tráiler. Durante el viaje, su hipo resultaba la máxima atracción. Miradas de asombro, risas escabullidas y alguna carcajada se escapaban.

No estando conforme con haberse sometido a la decisión de mi abuelo, Balo sorprendió con una queja a toda voz. Ignorando que ambas piezas de transporte iban unidas por un acordeón, en la entrada de Artemisa, gritó: “Te lo dije Alfonso, si hubiéramos cogido la guagua de adelante, ya hubiéramos llegado”.