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jueves, noviembre 04, 2010

DE CÓMO CUALQUIER COSA TE RECUERDA LA FAMILIA Y LA CIUDAD

Anoche estuve en un bar de Santiago. Don Rodrigo se llama y está incluido en las listas de las llamadas picadas de la capital chilena. Es el sitio a donde siempre voy para tomarme un pisco Sour, de los más sabrosos y de los más baratos (CH. $1.260 ahora/ hace unos meses sólo por $ 990). También por cercanía, a sólo dos cuadras de mi departamento en el Barrio de Bellas Artes, tan moda por estos días. 

Sin embargo, ni el típico trago chileno, ni las rebosantes empanadas de queso, ni las crujientes papas fritas de su menú son motivo para este recuento. El sitio me remonta en cada visita a esos lugares de décadas atrás. Don Rodrigo no tiene la estética vanguardista del hormigón y del ladrillo a medio terminar, ni los papeles murales que publicitan en Vivienda y Decoración. El lugar conserva el encanto de sus maderas caobas, de sus vidrios cubriendo columnas cuadradas y de la tela para acolchonar paredes. 

Los mozos que atienden están entrados en años. Pertenecen, tal vez, a la escuela gastronómica de los 50. Llevan humita al cuello como parte del impecable uniforme blanco y negro, que al tocar la madrugada ya muestra los síntomas del exceso de humo (local para fumadores) y las arrugas en las largas mangas de tanta bandeja en brazos de 90 grados.

La música viene de la mano de boleros y canciones cebollas con pianista - intérprete en vivo. El señor de unos 70 años ha querido modernizarse y a veces desentona cuando salta del teclado tradicional al de un sintetizador que ha agregado. Más que algún salto por el cambio de sonido y de algunas carcajadas de quienes disfrutan el lugar no causa mayor problema. Al final se agradece tenerlo ahí, en directo, cantándonos como si fuéramos enamorados, aunque en realidad sean muy pocas las parejas que se ven.

El bar es colmado por jóvenes de distintas tendencias, vestimentas y gustos. Ese contraste con lo tradicional del lugar y su estética le dan un toque aún más interesante. El de la esquina pide un martini, un grupo de amigos ríen y toman cerveza importada, otros piden unas “chelas” de casa y yo repito con pisco sour. 

Mientras observo la vista se pierde y un amigo me reclama: ¿y tú en qué mundo andas? Reacciono, pero ya uno se ha acostumbrado a encontrar en el lugar ajeno del país adoptivo un rincón para acomodar las nostalgias del país donde nacimos. Estaba pensando en aquel local de comida china de la calle Infanta, en Centro Habana, donde mi abuelo hizo carrera gastronómica y, ya bastante viejo, mantenía impecable esa hospitalidad para atender a los comensales que iban por preferencia al restaurante How Yuen. 

Allí de niño conocí las servilletas que nunca existieron en la mesa de familia. Aprendí a comer con diversidad de cubiertos. Hice mis pataletas por más raciones de arroz frito. Allí conocí clientes fijos de mi abuelo, algunos famosos ya muertos, de los que se enorgullecía atender. Recuerdo particularmente a Carlos Paulín y Orlando Casín. 

En ese sitio de La Habana disfruté el andar constante de mi abuelo, entre la cocina y el salón, con sonrisa siempre en los labios, a pesar del cansancio que pueden producir 30 años de servicio. Anoche recordé también ese otro How Yuen, el que quedó a la vuelta de los peores años vividos en la década del 90. Cuando salía de la Universidad o del ICRT, caminaba por Infanta y entraba allí a comprar unas mentitas, por 5 pesos, y me sentaba a tomar una Tucola, mientras me miraba en los vidrios de antaño y recordaba esos asientos, en parejas de frente, forrados en vinil verde. Era añoranza por aquel sitio de la infancia. 

Anoche fue extraño, el bar Don Rodrigo me despertó el recuerdo de ese pequeño restaurante donde mi abuelo citaba a su amante y donde mi abuela lo descubrió una tarde en la que me llevó a comer. Años después entendí aquel caminar apresurado, bajando por la calle San Lázaro, de la mano de mi abuela, quien no dijo una palabra ante mi pregunta de por qué nos íbamos sin comer arroz frito. 

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