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jueves, noviembre 04, 2010

EL LADRÓN DE JOYAS, LA POLICÍA EQUIVOCADA Y EL PREMIO DE LA OCA.

Un amigo periodista que ejerce su oficio en La Habana y que trata de hacerlo con la mayor dignidad, como casi todos los que practicamos el periodismo alguna vez en los medios oficiales de nuestro país, me ha contado que casi se lo llevan preso, junto a su fotógrafo y chofer. Las rutinas productivas, la censura y la autocensura del entorno significaron para algunos colegas un desafío diario y estoy seguro que gracias a las limitaciones muchas veces logramos productos comunicativos novedosos en la forma y en la técnica, para enmascarar el no poder decir más.

Mi amigo y su equipo estaban haciendo un reportaje acerca el mal funcionamiento de los cajeros automáticos de Ciudad de La Habana. Los funcionarios del banco asustados llamaron a la policía, denunciando a los intrusos. El hecho anecdótico deja al descubierto la realidad en el ejercicio del periodismo. Nadie podía creer que la prensa cubana estuviera preocupada de un problema “doméstico” cuando tareas productivas y políticas saturan las agendas de los medios locales, sacrificando los hechos del día a día y a los protagonistas “de a pie”.

La historia me llegaba desde el mismo entorno donde yo y la policía tuvimos una relación – por calificarla de manera sencilla – poco amistosa. De esa falta de empatía, hay dos episodios que marcaron mi percepción acerca de los “agentes” cubanos. Una de ellas no podría contarla aún hoy, a pesar de que ha pasado más de una década. La otra es tan vergonzosa para la institución como para mí, pero al mismo tiempo una escena especial y dramáticamente simpática.
Bruno había sido el mayordomo de un hermoso departamento ubicado en el cuarto piso de un edificio de la calle 21, entre L y M, justo detrás del Instituto Cubano de Radio y Televisión, ICRT.

En los años 50 fue el encargado de atender a muchos jóvenes intelectuales que llegaron a aquel departamento a vivir arrendados, mientras se hacían escritores, artistas o cineastas. Uno de aquellos jóvenes que comió y albergó en el departamento, durante muchos años, fue el fallecido cineasta cubano Octavio Cortázar. Cuando la Revolución llegó al mercado inmobiliario, Bruno saltó de una pata – era manco, pero pies tenía dos -, porque recibió en premio aquel “tremendo caserón”, ubicado en el apetecible barrio de El Vedado. Las simpatías y – cuentan - el enamoramiento oculto y no correspondido que tuvo Bruno hacia el que fuera esposo de la reconocida primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba, Loipa Araujo, hizo que designara como copropietario a aquel joven que llegó a ser un gran profesor de cine y a dirigir películas como El Brigadista y Guardafronteras.

Mi amiga locutora de radio, Mercedes Cedeño, natural de Cienfuegos, llegó a La Habana para vivir en la casa del “tío Bruno”. Ahí comenzó la historia por el litigio del inmueble. Mientras la pelea iba y venía pasé días, tardes y noches enteras en aquel departamento donde hubo de todo: alegrías, amoríos, desengaños, traiciones, amistades que aún duran, cultura, radio, literatura… y, por supuesto, el comidillo y chisme que siempre ha reinado en nuestro medio, tan carente de vías de expresión. Me imagino que esa es la razón de tantas jornadas “canalizando” la información del ICRT.
Una mañana, cuando salí de la reunión de pauta del programa Haciendo Radio que conducía en Radio Rebelde, decidí pasar al departamento Cedeño-Cortázar. Fue una visita breve, porque debía llegar rápido a mi casa, en el municipio 10 de Octubre, en una guagua-camón (o camello), ya que mi madre y hermana habían venido desde el campo para que yo las llevara a una casa particular en Rancho Boyeros, donde había sacado turno para que mi hermana tuviera su sesión fotográfica de “Los Quince”, con trajes, lentejuelas, flores, espejos y muebles decorativos.

Al salir del departamento de Mercedes-Octavio me dirigí a la enorme cola del entonces M-6, el camello que provocaba manifestaciones de frustrados pasajeros en la céntrica esquina de L y 21. Vi algún corretaje extraño en la cuadra, pero no le presté atención, porque venía “el monstruo” y no lo podía perder. Mi madre esperaba ansiosa. Subí al camello y me senté en la parte de atrás, ahí donde los motores de “el monstruo” hacía de la suya con tu trasero, entre vapor y saltos provocados por los hoyos que adornan las calles y avenidas habaneras.

En el camino todo iba bien. Miré el reloj y pensé: “voy justo, llegaré a tiempo”. Pero, cerrándose las puertas en la parada de la calle San Lázaro escucho el sonido imparable de las balizas de dos patrullas de policías. Veo pasar una por los vidrios laterales y el camello frena bruscamente. Otra, se le había atravesado en la calle para obligar la detención de la guagua-camión. ¡Está ahí, está ahí¡ - gritaban dos o tres uniformados, al tiempo que subieron y corrieron por el pasillo del camello que a esa hora – cerca de las 11:00 de la mañana – iba sin pasajeros de pie. Toda una delicia. Si se trataba de viajar en el transporte público del país.

Llegaron frente a mí. Un señor vestido de civil me apuntó con dedo acusador y dijo: “Es él”. Entre dos policías me tomaron por la fuerza, me zarandearon como quisieron, mientras yo, sin entender nada, comencé a reírme y a preguntar: “¿pero qué pasó?” No sé si me reía de miedo o de vergüenza por la mirada inquisidora de todos los que compartían mi viaje. La manada se sumó al bullicio y empezaron unos a gritar y otros a reírse. “¡Delincuente, delincuente!” – era el grito que más recuerdo. Los policías me pusieron las esposas. Descendí atado desde el camello y fui conducido a una de las patrullas.

Era mi primera experiencia al interior de un carro de policía. La parte de atrás estaba separada del chofer y del copiloto por un vidrio irrompible. Pero no era aislante. Yo preguntaba, “¿pero señores me pueden explicar qué pasa?”... pero no podía dejar de reírme. Los policías rabiaban con cada carcajada mía. Uno de ellos me replicó: “¡cuando llegues al cuartel ahí te vas a reír¡ Era un uniformado  de acento oriental que juraba había hecho la mañana conmigo. Quizás hasta soñó un ascenso o imaginó que le darían un cuartito en La Habana por el éxito en la operación que concluía con mi exitoso apresamiento.

Detrás de “mi patrulla”, nos custodiaba el otro carro policial. Pensé que iríamos directo al cuartel, pero mi sorpresa fue MAYÚSCULA cuando descubrí que me llevaban de vuelta a la calle 21, entre L y M. Entonces creí adivinar parte de la confusión. Los policías detuvieron el auto frente a un tumulto enardecido, mientras me halaron a la calle esposado. Uno de ellos, orondo (se le notaba la satisfacción por la tarea cumplida) se dirige a una señora y le dice: ¡aquí lo tenemos¡ Quería seguir su arenga pero la señora lo interrumpió con un grito: “Ese no es”.

“Él es Álvaro de Álvarez, el periodista de Radio Rebelde” – dijo una vecina que nos conocía a Mercedes y a mí. Cuando aquellos policías escucharon el nombre de Radio Rebelde palidecieron. Recuerdo cómo el rostro de uno de ellos se desfiguró, el mismo que me tomó por el codo, retiró las esposas y me invitó a caminar unos pasos más allá del grupo reunido, para bajar la guardia y suplicar ser disculpado.

Volví donde la gente les gritaba a los agentes del “desorden” y reclamaba que mientras me apresaron a mí el ladrón, que arrebató a la señora una cadena de oro, huía con el botín y la satisfacción de haber burlado la policía. Estúpidos – repetía la víctima mientras lloraba, no sé si del susto o por la pérdida de la joya. El hombre que me había acusado era un señor que sentado en la vereda, vio cuando yo bajé del edificio y corrí hacia el camello. Pensó que la justificación de mi carrera era el robo de la cadena y no mi negación a perder el transporte. El señor-testigo se escurrió, me imagino que también avergonzado, y nunca más lo vi.

Había llegado mi turno. Exigí que me condujeran al cuartel. Aquellos policías – hoy hasta me dan pena – rogaron infructuosamente que desistiera de tal petición, pero firme les dije que me llevaban ellos o iba yo. Subí a la perseguidora, como si le hubiera tomado el gustito a sentirme delincuente por un rato, y me acarrearon al cuartel policial, ubicado en N y Malecón, detrás de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. En el trayecto, aquellos intransigentes policías se habían convertido en unos niños llorones, pidiendo perdón, perdón, perdón… No hacían falta palabras para darse cuenta que, a pesar del intento, no tendrían ni cuartito nuevo ni rango superior. Y hasta les creí su arrepentimiento.

Llegamos a la estación. Ahí pedí hablar con el jefe. Nunca pude solicitar al capitán o sargento o teniente, porque jamás en mi vida he sabido ni sus rangos jerárquicos ni identificar las charreteras que llevan. ¡Me fueron siempre tan indiferentes…¡  Me aprendí las del Comandante por razones tan lógicas como inexplicables. Por lo mismo insistía en ser recibido por el jefe

Ahí me pude dar cuenta que, a pesar del divorcio entre la cotidianeidad cubana y su prensa, la memoria colectiva aún reconoce la importancia de la palabraperiodista que, mezclada con Rebelde, parecía un explosivo que todos debían detener. O quizás me equivocaba en mi rápido análisis y el respeto venía por el código “compartido” entre “soldados”.
El jefe fue tan amable que prometió sanciones a sus policías. Me ofreció reparar el incidente de cualquier manera, siempre a cambio de que en la mañana siguiente yo no abriera la boca frente a los micrófonos de Radio Rebelde para contar la historia. No sé si lo sabían o ya habían probado del dulce, pero Haciendo Radio era monitoreado diariamente en el Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista.  Y tras cada crítica, les llegaba al afectado un tirón de orejas que parecía no ser simple, por eso de que la cadena siempre se rompe por el eslabón más débil.

En esos años yo me había ganada la animadversión de algunas estructuras medias por mis comentarios y crónicas de la vida diaria. Estructuras medias – repito, y no es necesario explicar los límites de la crítica permitida. Algunos de esos incidentes prometo ir contándolos poco a poco. Como aquella relación “maternal” que surgió entre Barbarita, la ex ministra de la Industria Básica y yo. Aún hoy guardo una camisa “bacteria” que recibí como regalo de ella.
Le quedó claro al jerarca policial que yo contaría lo que pasó.

Por si no hubiera sido suficiente tanto carro de policía, recordé que mi madre y mi hermana estarían desesperadas. El uniformado ofreció llevarme de urgencia a 10 de Octubre, recoger a mi familia y llegar a tiempo a la hora de las fotos de Quinces de mi hermana menor. Acepté la primera parte del trayecto y cómodamente, pero esta vez de copiloto del jefe de la estación de policía, llegué a “Jesús del Monte”, esquina Lacret. No quise darle a mi familia la experiencia de viajar en una perseguidora. Otro camello nos llevaría a tiempo a la casa de los sueños.

A la madrugada siguiente, entrando al ICRT, todos mis compañeros sabían lo ocurrido. Todos preguntaron y me “sugirieron” callar, porque “La Radio” tomaría el tema directamente. Un personaje, cuyo nombre ahora no voy a mencionar, no se despegó de mi lado durante todo el programa, y me concientizaba acerca de la necesidad de no dejar mal paradas a las fuerzas del orden interno, en momentos tan duros del país. Él se encargó personalmente de intervenir en el tema, y como en casi todos los temas en los que intervenía – quizás perdido en su obsesión por el poder y por reírle a quienes lo ostentan - nunca hubo respuestas de vuelta.

Contrario a lo que me había prometido, callé. Y lo hice en nombre de la sobrevivencia. Ese personaje tendría muchos defectos por los cuales siempre lo cuestioné, pero era un líder nato en conseguir pollos, costillar, bistecs y aves varias para los integrantes del equipo del programa en aquellos años de escases tormentosamente generalizada. La próxima semana repartirían una Oca por persona y yo no quería perder la mía.

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