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jueves, noviembre 04, 2010

Ella existe pero tengo que evitar que el Núcleo se entere de su nombre (incluso, tal vez sea Él)

Ella es una mujer cubana como otra cualquiera, aunque jamás se pudiera imaginar caminando por las calles de La Habana vestida de blanco y con una flor en la mano. Ella dice ser comunista, de hecho es una militante y siente orgullo por su núcleo y la cara de felicidad los días de reunión sólo se equipara como cuando tiene dólares en la cartera. Lo dice con orgullo y en voz alta. Quizás porque tiene la suerte de hablar en voz alta, sin exponerse a tumultos y golpes, a riñas callejeras y mítines organizados. 

Las únicas flores que parecen gustarle son esas plásticas, compradas por dos o tres dólares en cualquier tienda por divisas. No creo que le gusten las flores, nunca se lo he escuchado decir ni la he visto gastar un peso en comprar una rosa natural; tiene su apartamento capitalino lleno de ramitas plásticas.
¡Ah!, quizás sea importante antes de seguir decirles que ella ocupa un alto cargo administrativo en el país. Pero Ella ama el dólar y defiende hasta el último peso en las remesas mensuales que ciertos parientes envían desde el Norte, ese Norte que jura malicioso y organizado en contra del bien del ser humano, dispuesto a sepultar los sueños y a romper la gran obra de los abuelos comandantes. . 

Ella dice odiar el Norte. Lo asegura con pasión, jamás se irá del país donde nació. Debe ser reconfortante y hasta hermoso creer que su propio sueño es el sueño de otros y que no se contrapone con el sueño oficial, la única utopía posible. Más que hermoso creo que debe ser cómodo. Tiene la suerte de que puede soñar, o imaginar que sueña, sin que le extirpen, le omitan, le ignoren, le juzguen su sueño. 
La única pasión que tiene por el Norte son esos dos o tres billetes verdes, con héroes ajenos, que llegan a sus manos cada mes. La parte de su remesa la administra hasta con pasión de combatiente. No se cuestiona de donde llegaron, si proceden de la mafia, de la droga, de la explotación o de las utilidades del injusto capital. Ella es paradójicamente feliz, una vez al mes, con ese mismo Norte que dice odiar los restantes 29 o 30 días. 

La he visto planificándose sus pequeños gustos, después de cubrir alguna necesidad básica. Ella ama la malta. En mis días de visita estuvo triste porque pudiendo tomar maltas todos los días, la dichosa y típica bebida amarga estuvo en falta en Cuba todo el mes, por escasez de envase metálico. Pero Ella no protestaba. Estaba consciente de que si no había no era por ineficiencia del Estado sino por el injusto bloqueo que seguramente prohibió alguna importante importación de aluminio para latas. No lo sabe a ciencia cierta, pero ese es el argumento que puede dar, si yo oso al menos cuestionar tal falta.

Ella come carne de res pero sabe que está prohibido. Ella la come aún sabiendo que es robada, pero delante de ella no se puede decir de dónde salió. Su origen cuanto más inexplicable le provoca una mejor digestión. Si alguien dijera que esa carne fue robada de una escuela cercana y comprada en bolsa negra por su hijo ella gritaría y no la comería, al menos delante de la familia. Volvería en su auto administrativo al mediodía, cuando nadie esté en casa, a comerse el bistec que le pertenece, porque también a los militantes les gusta comerse su pedacito de carne. 

Ella ha exigido discrecionalidad absoluta en la conversación de temas políticos y de actualidad porque jura que el chofer de su esposo es un agente de la seguridad. Y entre ellos parecen vigilarse, esconderse y cuidarse. 

Ella jura que vive libre, pero habla bajo en su propia casa por miedo al vecino, que nunca se sabe quién es y a quien informa. La libertad para ella es hablar en voz baja. Nadie se mete en tu casa para obligarte a gritar lo que piensas. ¿Quieres mayor libertad? Ella aprendió a vivir vigilada y cree que es el estado natural de vida. Y hasta hilvana discursos para defender su vida sitiada.

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