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jueves, noviembre 04, 2010

HISTORIAS DE ARTEMISA: BALO Y LA RUTA 35

Balo era una tía abuela a quien los gusanos le quitaron el hipo. Balo nació con hipo y no hubo médico capaz de sanarla. Sería inexacto hablar ahora de diagnóstico o de enfermedad, porque jamás lo pregunté. Su problema en el aparato digestivo constituyó parte del folclor y el cariño  familiar. El hipo fue un detalle en su ya simpática personalidad. Era parte de ella y nadie se lo cuestionaba. Excepto, quizás, Carlitos, un primo a quien una meningitis infantil le dejó alterado su raciocinio a la máxima expresión; el loco querido de la familia y a quien también la muerte se lo llevó tan a destiempo que aún lo creemos vivo.

Recuerdo a Balo caminando por la carretera central rumbo a la casa de mis abuelos. Desde mucho antes de llegar, su hipo anunciaba la visita. Carlitos escuchaba el sonido y salía a recibirla. No había espacio de silencio. Entre hipo e hipo de Balo, Carlitos le respondía con un eructo más alto aún. Era una orquesta musical la que se formaba a la entrada de la casa.

Un día mi abuela fue hospitalizada en La Habana, donde la operarían de un cálculo en el riñón. Y en la comitiva para los horarios de la visita, Balo y su hipo eran infaltables.

Artemisa siempre fue el nexo entre La Habana y Pinar del Río. En Artemisa estaban las terminales de ómnibus que unían a unos y otros. La ruta 35 cubría el aún más occidental municipio de la provincia de La Habana y El Lido, en la Ciudad de La Habana. Por esos años, en Cuba existían las guaguas Checas, también llamados por nosotros Los Checos o Las Culonas. Jamás olvido sus asientos verdes, de un vinil brillante, sus pasamanos de aluminio semi oxidado, el calor acelerado por el humo que soltaba aquel monstruo verde y el ruido que se escuchada, tanto dentro como fuera de la guagua. Para cubrir el tramo Artemisa – El Lido colocaron unos Checos dobles.

Una noche, mientras retornábamos del hospital habanero mi abuelo prefirió la parte trasera, mientras que Balo pedía ir en la “guagua de adelante” porque la de atrás no tenía chofer. Con resignación y, a pesar del pavor que imaginaba viajar en un ómnibus sin aparente conductor,  aceptó subir en el tráiler. Durante el viaje, su hipo resultaba la máxima atracción. Miradas de asombro, risas escabullidas y alguna carcajada se escapaban.

No estando conforme con haberse sometido a la decisión de mi abuelo, Balo sorprendió con una queja a toda voz. Ignorando que ambas piezas de transporte iban unidas por un acordeón, en la entrada de Artemisa, gritó: “Te lo dije Alfonso, si hubiéramos cogido la guagua de adelante, ya hubiéramos llegado”.

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