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jueves, noviembre 04, 2010

HISTORIAS DE PRIMOS… la familia que se escapó gota a gota

Hace algunos días el single promocional Puente del nuevo disco de Ricardo Arjona, Poquita Fe, me dejó emocionalmente triste. De todas las frases con las que retrata el drama de la familia cubana, una – particularmente – quedó retumbando con ritmo y melodía en mis tímpanos. Camino por las calles y ajenas y tarareo: “… y para que los primos puedan correr a abrazarse”.

Junto a las palabras del cantor, los saludos y reencuentros que a diario produce el nuevo networking de las redes sociales, me ha dejado impactado por la manera en que, gota a gota, se me escaparon los primos por las cañerías de la política; ellos, incluido yo,  se aventuraron por cualquier forma a rehacer sus vidas sacrificando el recuerdo familiar, las experiencias hermosas o no que nos unieron y los lazos que no siempre se pueden mantener intactos…

Los primeros
Nací en 1973 cuando ya varios de los primos de mis padres habían dicho adiós sin avisar, ante el temor de discursos y marchas que no le conquistaron ni el corazón ni el futuro. Tenían el derecho e hicieron uso de él. De niño, me recuerdo como parte del pueblo combatiente gritando consignas contra mi propia familia y mis propios amigos de escuela y de barrio.

Mi prima Yunaiquis
A menos de 100 kilómetros de allí, en La Habana, una prima de mis mismos escasos años se preparaba para partir. Recuerdo el día antes, sin saber que sería el día antes de su partida. Ella y yo mirábamos Toqui en un televisor blanco y negro de su apartamento en Centro Habana.

No puedo asegurar que ella lo haya percibido, pero yo escuchaba cómo se libraban peleas, delatadas en algunos sollozos que superaban el nivel acordado para hacer más normal la despedida. Mi prima – a quien jamás he vuelto a ver ni he encontrado en facebook – miraba los muñequitos mientras madre y padre se separaban para siempre. Él creía en los uniformes y en los niños que soñaban ser como el Ché. Ella, la hermosa Juanita, quería seguir a sus padres. Yunaiki salió por el puerto del Mariel para nunca más ver al papá a quien vi llorar como pocos, desde la ingenuidad de mi infancia. En 1992 cuando mi abuela viajó por primera vez a Miami, a ver a sus hermanos, después de 30 años, trajo fotos y una carta que Yunaiquis escribió escondida para su padre. No puse mucha atención porque no quería revivir la pena que no se me ha borrado. Aquel padre 12 años después lloraba viendo las fotos de los 15 de su hija, y leyendo una carta sobre cuyo contenido no pregunté.

El primo cuyo nombre no recuerdo
Tía Santa vivía en la calle Empedrado, cerca de la bodeguita del medio. Más que por los adoquines, me fascinaba que me llevaran de visita para poder subir aquellos escalones de mármol, al mejor estilo de las grandes residencias habaneras, agarrándome de un grueso cordel que desde el segundo piso abría las pesadas puertas del edificio. A Santa y tío Castor se les murió su único hijo, médico. Ellos dedicaron sus años a criar al nieto. Ni recuerdo cómo se llamaba mi primo… También se lo llevaron; nunca más supe de él. Los tíos – creo - murieron en algún asilo de Estados Unidos.

Los primos Álvarez
Mayito y Juan Carlos eran primos con onda. Los recuerdo alegres en su vida de juventud capitalina. Vivían en El Cotorro y junto a los tíos Basilisa y Mario crecieron… La década de los noventa junto con la vejez que amenazaba todos los días un poco más ellos le abrieron a parte de su familia el camino de ida, donde no hubo regresos.  Mis primos Álvarez viven, también a 90 millas, y las noticias acerca de ellos son dispersas y llegan por bocas de terceros.

Jesusito
Mi tío Jesús tuvo su segundo hijo que tal como el primero – Marisol – fue el encanto de mis abuelos paternos. Recuerdo a Jesusito, chico, jugando en una hermosa casa de dos pisos, también en El Cotorro. Hace poco me reencontré con mi tío en La Habana y le pedí que me contara del niño que ya no es niño. Lo he encontrado por Facebook y un saludó bastó. Habla inglés, me imagino que tiene otras urgencias y que no sabe quién soy.

Janet
Janet y Henryto eran de esos primos diferentes a los del día a día…  Creo que eso los hacía más especiales. Eran nietos de mi Tía Nina, una señora de cuya dulzura y encanto nunca me pude deshacer. Era como mi abuela. Ambas se amaban y creo que hasta se traspasaban ese amor por los nietos.

Después de más de 10 años, Janet ha aparecido en mi facebook. Y se me erizaron los pelos. Era mi prima, quizás, más hermosa. Poco locuaz y algo tímida – así la recuerdo, pero con una ternura que se le escapaba en el acento. Esas horas que compartimos por años, en cada temporada de vacaciones, se me quedaron ancladas. Su sonrisa, su hermoso pelo largo; era alta, elegante… y su padre la cuidaba porque era el encanto de todos. Nunca olvido nuestra primera salida juntos. Fue a la ciudad Deportiva, a un CirCuba de finales de los 80. Niña habanera y hermosa.

Poco a poco fueron emigrando. Toda la familia vive hoy donde está “esa tía que se fue de paseo”, como le llamó Arjona a la Península de La florida.

Ulises y Dariel
Nos criamos juntos. Entre nuestras casas, abiertas por la puerta de adelante y de atrás, no había más de un metro de distancia. Ulises fue el mayor. Dariel vinos después y aunque yo era un niño recuerdo el día en que Martha, la tía, tuvo dolores de parto y Dariel se sumó al listado de los primos de aquel barrio de Bayate. Vivimos la niñez prácticamente juntos. A Ulises, con su primer hijo y esposa, le llegó el bombo – esa suerte de sorteo de la vida que tantos cientos sueñan en silencio. Vive en Miami junto a su familia y nos comunicamos siempre por facebook. Dariel trabaja día y noche y no tienen aún tiempo para sentarse en un computador. Me dijo por teléfono que ni siquiera “sabe cómo funciona esa cosa”. Los años de querer salir adelante desde aquel terraplén provinciano le han juntado todas las ganas y aprovecha el tiempo en construirse un mejor futuro del que le prometieron. Ayer revelé un rollo de hace 20 años y estamos los tres juntos, posando en las casas de entonces. Volví a recordar esos años en los que la vida eran tan diferente.

El Wachy
Vivimos en Candelaria, el mismo pueblo pinareño del que nos despedimos un día. Yo antes que él. En mi primera visita, fui a su casa y el primo ya vivía en Perú, en mi mismo vecindario de la América del Sur. Habíamos cambiado Bayate por Sudamérica. Como siempre ocurre, ni quiera lo escogimos; fue lo que llegó. Hace algunos meses mi primo me escribió desde Miami. Ha cruzado la frontera con México y vive la felicidad de ir reencontrándose poco a poco con tanta gente que se nos salió del camino.

Yusbelito
No puedo decirle Yusbel, porque lo sigo viendo un niño. Es de los primos más jóvenes. Lo vi hace un año en La Habana, pero hoy está también en la Florida, el destino.

Los primos de antes y los de ahora. Todos coinciden en buscar su felicidad lejos de lo que más aman. No les importaron los discursos, las promesas, los temores, los agradecimientos… algunos llevados por sus padres y otros por sus propios pies, todos quisieron que el futuro dependiera de ellos y decidieron darle la cara en el lugar donde prometieron que se podía intentar.

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