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jueves, noviembre 04, 2010

LA PUNZADA DEL GUAJIRO Y LOS BATIDOS DE ARTEMISA


Cuando la memoria se enfría, se enfría tanto, se me aparece ella en el recuerdo. Cuando el sur tropieza con el calor de desiertos, valles y cerros me acuerdo de Artemisa.  Cuando encuentro un peruano mezclando frutas con hielo frapé en las ajenas calles de Santiago de Chile me acuerdo de Artemisa. Cuando de domingo en tarde camino los locales del viejo Parque  Forestal y refresco el andar con una fruta licuada con leche me acuerdo de Artemisa. Cuando entro a un supermercado o voy a La Vega Central  y los canastos de plátanos se hacen interminables me acuerdo de Artemisa.  Cuando un día cualquiera de verano, tras el cansancio y el calor de la jornada, llego a casa  y abro el refrigerador, lleno un tazón de hielos y echo una bebida cualquiera me acuerdo de Artemisa, porque… ¡ay, ay¡… la punzada del guajiro.

Ninguna punzada del guajiro –término desconocido en Chile- fue tan real y auténtica como aquellas que se sintieron, de pie, frente a una mesa hedionda, mantecosa y llena de moscas, en Los Batidos de Artemisa.  Recuerdo ese lugar de esquina, que trató de ser emulado en cualquier pueblo, pero que en ninguno resistió los embates de la pésima economía como en Artemisa.  

La ciudad de Artemisa siempre fue como una casa con patio trasero donde crecía la huerta que, a pesar de las crisis, parían algún que otro fruto para alimentar a los moradores.  Los artemiseños tuvieron casi siempre sus platanales para apuntalar la crisis con un dulce batido y mucho hielo molido.

Hago memoria y me descubro de niño, metiendo la cabeza por el hoyo rectangular que separaba el área de atención y consumo del espacio donde se preparaba el famoso jugo con leche. Recuerdo las batidoras. Eran rudas y de metal, pero domésticas. Nada allá dentro parecía ser industrial. Quizás esa escala humana de fabricar los batidos lo hicieron tan ricos como los de la mamá, a pesar de la falta de higiene… De niño, veía batallones de moscas acechando las frutas y el mesón de granito gris donde iba a parar el líquido que se desbordaba ante la aceleración de las cuchillas moledoras.

Los plátanos le dieron a Artemisa su historia menos épica;  aquella del folclor y del deseo, aquella que se construye sobre lo cotidiano y lo doméstico, sobre el hacer con lo que hay, el entregar con lo que se puede.

En los años de la crisis, en los tiempos aquellos de no existir nada, Los Batidos de Artemisa cerraron durante un tiempo, pero volvieron a la pelea para que la década del noventa no quedara huérfana de plátanos. Huérfana sería de leche. Pero con plátano, hielo y una vieja batidora les devolvieron a los guajiros sus punzadas. A ratos con agua, en ocasiones con casi leche.

A pesar de las imágenes recurrentes en los noticieros cubanos de platanales en el piso, Artemisa siempre se las ingenió para despertar sus platanales, tras cada tormenta. Quizás por eso no habría metáfora mejor para Artemisa que emparentarla con una planta de plátanos. Sentimental. Ciudad sentimental, porque siempre he creído que el árbol del plátano es más sentimental que el sauce… En cada doblegarse se resiste, pelea cada caída al suelo, porque en el desmayo de su tronco grueso pero fácil defiende de la tierra sucia y de las aguas de temporada el racimo de sus hijos sin crecer.

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