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martes, noviembre 09, 2010

UN CAPÍTULO INGRATO EN LA VIDA DEL INMIGRANTE


Nos cruzamos por última vez una noche a la salida del concierto de Caetano Veloso. Él caminaba por una calle de Santiago, como si no tuviera rumbo fijo.  Nos saludamos, nos preguntamos por nuestra vida, por las últimas cosas que habíamos hecho y, por la hora y la prisa, nos prometimos un próximo encuentro para un café.

Conocí a Onelio cuando yo cursaba el Séptimo Básico en la ESBU (Escuela Secundaria Básica Urbana) Combate de Soroa, del aún pinareño municipio de Pinar del Río. A un kilómetro aproximadamente de mi Secundaria estaba la ESBE de Barrancones, donde alumnos de mi mismo nivel de enseñanza recibían idéntica formación académica y política, pero de forma interna, interactuando con las labores agrícolas en aquella retorcida y lamentable forma de practicar un principio martiano.

Ambos éramos apenas unos niños, pero yo me enamoré de Nelys, su mejor amiga y compañera de aula. Ofició la más de las veces de intermediario para recados y cartas de amor. Coincidíamos en círculos de interés, en concursos de conocimiento y en el Palacio de Pioneros del pueblo. La vida quiso que Nelys y yo, dos o tres años después de aquel amorío, coincidiéramos en un grupo de Biología, en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) de Pinar del Río.  Onelio había desaparecido de nuestras vidas y quizás alguna vaga referencia recibí  alguna vez, tan vaga al punto de que mi último recuerdo de él databa del año 1987.

Quince años después, caminando un día por la tumultuosa y comercial calle Puente, del centro de la ciudad de Santiago, un negrito delgado y alto, con una enorme sonrisa y simpatía desbordante me detuvo en el camino. Alvarito, ¿cómo estás mi´jo? ¡Tanto tiempo! – dijo con alegría inusual para un encuentro callejero en las grises y serias calles de Chile.  Respondí con semejante entusiasmo, no porque lo hubiera reconocido sino porque tenía temor de que mi olvido fuera torpe con su emoción.  Y usé algunas técnicas y preguntas como para ir sacándole información y recordar quién diablos era aquel cubano que decía conocerme. ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Cuántos años hace que no nos veíamos? – hasta que su emoción sincera le dio por hablar y evocar aquellos años infantiles, cuando nos hicimos amigos con 10 años en la vida de cada uno.

Onelio –que de Jorge Cardoso no tenía nada, pero que de narrador hubiera sido superior al importante cuentista cubano- se había cambiado el nombre para que sonara más moderno, más “bonito”. Creo que nadie, de la larga lista de conocidos que hizo en sus años de andar, primero por Colombia y después por Chile,  debe conocer su verdadero nombre.  Coincidimos en algún local, en alguna fiesta, en la casa de algún amigo en común y no mucho más… el resto de las historias de su vida me llegaron siempre por boca de terceros.  Incluso, la noticia final…

¡Álvaro, Onelio (reemplazable por su nuevo y último nombre) murió! – si la noticia que recibí por teléfono ya era dramática, faltaba lo peor. Una amiga de él está intentando localizar a alguien que pueda llevarla a conectarse con un familiar. Hace más de un mes está el cuerpo  en el Servicio Médico Legal y nadie lo ha reclamado – continuaron los detalles.

Un cubano  que decidió aventurarse por el mundo  dejando atrás su pobreza provinciana podría ir a parar a una fosa común por la lejanía. Después de cierto tiempo, el cuerpo seguiría allí y no podría ser entregado a un amigo. Ese trámite sólo lo puede realizar un familiar.

El consulado cubano en Chile, esa suerte de Oficina de Propaganda de un sistema político, que hace cualquier cosa menos representar los intereses de sus ciudadanos actuó con total indiferencia y se limitó a dar valores para transportar el cadáver, en caso de que apareciera un familiar. Ya ha pasado otro mes, o quizás dos, y no he querido volver a preguntar. Pienso en Onelio y me entristezco por él, pero sobre todo porque su destino podría ser el de muchos otros que, buscando sus sueños, pueden poner punto final al camino en la más absoluta soledad. Y hasta temo porque ese capítulo pueda también ser el mío.


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