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jueves, noviembre 04, 2010

VILMA ESPÍN, LOS BAÑOS DEL ICRT Y EL DESODORANTE AMBIENTAL

A mis sesudos amigos amantes de la semiótica, a los seguidores del correo de bruj@s con sonrisa de amigos, a los teóricos que se tropiecen de casualidad con esta crónica quiero advertir que la vinculación de Vilma con los baños del  ICRT es sólo por la esencia de la historia que me dispongo a narrar. Cualquier relación de excrementos, defecación, mal olor, putrefacción… con las figuras de la revolución sería antojadiza en la mente necesitada de los millones que viven a la casa de lecturas prohibidas en un país de lecturas autorizadas. ¡Si les parece comienzo el cuento¡

Ubicación temporal: primero de enero -¡otra casualidad!- del año 1998. Ubicación espacial: estudios de Radio Rebelde, piso cuatro del edificio del Instituto Cubano de Radio y Televisión, ICRT. Para los nostálgicos, edificio CMQ. ¡Ojo, que un cambio de siglas oculta algo menos inofensivo¡

Como buen aniversario de la Revolución Cubanas las  matracas y petacas se preparaban para el recuento de la historia repetida casi 50 veces idéntica. Quisimos hacer algo distinto – aunque en realidad nunca iba a ser tan distinto – e invitamos al programa Haciendo Radio de la emisora a Vilma Espín. Teníamos la intención de conversar con ella, de forma coloquial, acerca de los acontecimientos que protagonizó previo al primero de enero de 1959 y un poco de cháchara acerca de su labor fundacional en la Federación de Mujeres Cubanas.

Desde temprano, esperábamos a la Primera Dama, título nunca mencionado oficialmente pero asumido desde siempre y – para los medios – comprobado tras la activa participación de la Presidenta de la FMC en cierta reunión Cumbre de las Primeras Damas, efectuada Beijing, China. Vilma llegó a Radio Rebelde pasados unos minutos después de las 8 de la mañana. La acompañaba una secretaria. Quizás en los bajos del edificio había más personal de seguridad, pero a la emisora llegó sólo con la compañía de una asistente.

Pasó invicta – me imagino – por el pasillo principal que comunicaba el hall del piso cuarto con la cabina principal de transmisiones. Ese día los baños, ubicados justo a la entrada,  estaban limpios. No se percibía fetidez alguna y por algún momento soñé con que Vilma fuera todos los días a la radio, aunque todos los días debiera contar lo mismo.

Debo decir que la entrevista fue amena. Al menos eso me pareció entonces. Sería poco sincero decir lo contrario. La recuerdo agradable, muy coloquial, con gestos y preocupaciones de madre y abuela de familia. Fue respetuosa de los tiempos de la radio, de las señales, de los silencios… Pero lo que menos me importa en esta historia  son los contenidos, las preguntas o las respuestas de la ocasión. Me importa, sobremanera, volver al buen olor que ese día había en la radio.

Creo que los malos olores me dejaron traumatizado desde niño; quizás ello me motivó a escribir el cuento “La maldita circunstancia de la mierda por todas partes” -robándole el agua a cierto verso de Virgilio Piñera- que un amigo actor cubano adaptara para el teatro, en Santiago de Chile.

Si encontrarse con unos baños bien olientes ya era un regalo en mi vida, ese día tuve dos obsequios. Los cubanos hemos vivido en una rutina que nos ha entrenado a preparar nuestras casas cuando hay invitados, ante la imposibilidad de tenerla alistada siempre. Al mejor estilo de una inspección, o evaluación para la emulación cualquiera, ese día la visita de la señora Espín tendría segunda parte.
En la oficina de la Dirección General de Radio Rebelde se había preparado un cóctel para agasajar a la esposa de Raúl Castro. Allí esperaba el Director General de la radio, el Secretario General del núcleo del Partido Comunista, el Presidente del Sindicato y el Director de Información. Al término del programa, nos uniríamos parte del equipo de Haciendo Radio y la invitada.

Cada mañana terminábamos esas cuatro horas ininterrumpidas de noticas oficiales con un hambre atroz. Recuerdo mi ansiedad para llegar a la Dirección y tomar café, algún rico dulce o un refresco con gas. Pero justo a la entrada… algo cambiaría el curso de lo planificado.
Abrimos la puerta, que tenía brazo para cierre automático, y cortésmente invitamos a Vilma para que fuera la primera en entrar, cuando de repente… empezó a estornudar y salió corriendo. ¿Le sucedió algo? – preguntamos casi en coro. Algunos más “amorosos” insistieron: ¿Está bien? ¿Necesita algo?...

¡Me voy, me voy…! – repetía Vilma Espín, quien más calmada pero con fuerza aclaró: ¡Soy alérgica, ese olor me hace daño¡ ¡Gracias, gracias, pero me voy! – nadie volvió a insistir y la acompañamos a la puerta del ascensor.

Temeroso de que algún mal olor se fuera a meter en la Dirección General, alguien disparó un desodorante ambiental  en la oficina con aire acondicionado. Respiro, incluso, y siento el olor a frutilla incrustado en mis fosas nasales.

Así terminó la ilustre visita y nosotros, sin protocolo que cuidar, pudimos comer todo lo que había en la mesa, en el mejor desayuno que recuerdo durante mis madrugadas radiofónicas en Cuba. Y me quedó cayendo mejor aún la visita de Vilma a Radio Rebelde. La adoré y me reí de la manera tan simple y normal con la que se deshizo del circo preparado para recibir a una Visita de la Nación.

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